lunes, 6 de octubre de 2008

En la sangre- Eugenio Cambaceres- complementos 3


La bestia, la flor y el imposible amor
en Sin rumbo, de Eugenio Cambaceres

Iker González-Allende

University of Illinois at Urbana-Champaign

Las dos partes en que se divide Sin rumbo reflejan dos estadios de vida distintos de la existencia de Andrés.1 Mientras que en la primera vemos al protagonista dominado por sus instintos sexuales, por el disfrute de los sentidos, en la segunda las tendencias animales son sustituidas por el sentimiento más humano, el amor. En ambas etapas vitales, el impulso que mueve a Andrés, la fuerza motor de su existencia, es la mujer. Así, ésta es la que despierta la pasión de la bestia en él, y ella es también el objeto del amor paternal, ya que el amor de pareja hombre-mujer resulta un imposible. Sin embargo, del mismo modo el cariño paternofilial es perecedero porque lo trunca la muerte. De todo ello se colige que las relaciones humanas terminan fracasando: el sexo produce tedio y el amor no es para siempre. Ahora bien, el que constantemente se presenten los acontecimientos desde el punto de vista de Andrés provoca una imagen negativa de la mujer: ¿es ella la culpable de la infelicidad del hombre por no conseguir satisfacerle sexualmente y porque el amor hacia su hija, una mujer, finaliza bruscamente; o no hay más culpable que el sinsentido de la vida? 2

El instinto sexual, el impulso de la bestia de Andrés se enmarca dentro de la tendencia del Naturalismo a reflejar los aspectos más sórdidos, aunque no es una de las características principales que se ha señalado de este movimiento. De esta manera, como indica Thomas J. Kiddie, los temas más recurrentes suelen ser el determinismo, la supervivencia, la violencia y el tabú (54). A pesar de ello, Andrés Cáceres Milnes relaciona la presencia de la bestia humana con el despliegue de segmentos instintivos e irracionales del Naturalismo (3).

Aunque se ha solido subrayar la influencia de Zola en la narrativa de Cambaceres, éste es algo más que un simple imitador, y sus novelas poseen algunas características que difieren del Naturalismo, especialmente dos: la autodestrucción de los personajes y una mayor tendencia a reducir el amor a lo puramente sexual.3 Ahora bien, en esta importancia del instinto sexual, hay que diferenciar claramente al hombre de la mujer. El hombre es la bestia, el que siente unos impulsos irrefrenables que debe saciar, frente a la mujer, sobre la que planea siempre ese sentimiento, para el autor incontrolable, que es el amor.

De esta manera, se resalta el aspecto animal, la bestialidad del hombre al centrarse en su pasión sexual, que convierte a la mujer en una presa: “Ella, sin sospechar que dos ojos hambrientos la devoraban” (Sin rumbo 55); “en la actitud avarienta del que teme que se le escape la presa” (55); “Después, fuera de sí, sin poder dominarse ya, en el brutal arrebato de la bestia que está en él corrió y se arrojó sobre Donata” (56); “[Donata] confundía la brama de la bestia con el amor del hombre” (65). El propio Andrés propone que para ser feliz es mejor ser bestia que hombre, porque las bestias no piensan, y por lo tanto, no sufren: “En vez de estar pensando en hacer de cada muchacho un hombre, hagan una bestia..., no pueden prestar a la humanidad mayor servicio” (64).

En dos momentos de la obra especialmente se aprecia casi sin tapujos esta prominencia de lo sexual: en el capítulo IV y en el XVIII. En el primero de ellos la potencia del macho se libera a través de la fuerza: Andrés viola a Donata: la mujer se somete al hombre: “A brazo partido la había agarrado de la cintura. Luego, alzándola en peso como quien alza una paja, largo a largo la dejó caer sobre la cama. La tocaba, la apretaba, la estrujaba, le llenaba de besos locos la boca, el seno, las piernas. Ella, pasmada, absorta, sin atinar siquiera a defenderse [...], como una masa inerte se entregaba” (56). En este pasaje vemos claramente que la mujer es un mero objeto sexual para Andrés. Como señala Kiddie, los personajes masculinos de Cambaceres “believe that they must dominate women for whom they have no sincere desire. And that arrogance carries over to the brutal rapes that Andrés and Genaro perform on Donata and Máxima” (159). Lo mismo ocurre en su relación con la Amorini, con la diferencia importante de que en ella la mujer consiente y disfruta también del sexo:

Andrés continuaba besándola. Le besaba la cara, las orejas, la nuca, le chupaba los labios con pasión, mientras poco a poco, sobreexcitándose él también, en el apuro de sus dedos torpes de hombre, groseramente le desprendía el vestido, hacía saltar los broches rotos del corsé. [...] Los dos rodaron sobre la cama. Él seguía despojándola del estorbo de sus ropas. Ella ahora le ayudaba. Enardecida, inflamada, febriciente, arrojaba lejos al suelo la bata, la pollera, el corsé, se bajaba las enaguas. Era un fuego. Arqueada, tirante en la cama, encendido el rostro, los ojos enredados, afanoso y corto el resuello, abandonada a las caricias locas de su amante, su boca entreabierta y seca, la comba erizada de su pecho, su cuerpo todo entero:

-Más... -murmuraba agitada, palpitante [...]- te amo, te adoro... más -ávida, sedienta, insaciable aún en los espasmos supremos del amor. (96-97).4

Aquí el narrador se centra más en la figura femenina que en la masculina, pero a diferencia de lo que ocurre al describirle a Andrés arrebatado por sus impulsos, parece remarcar la lascivia de la mujer, y sobre todo sus pasiones inacabables. Mientras que el hombre practica el sexo como otra necesidad fisiológica, la mujer, o al menos ciertas mujeres como la Amorini, según el narrador se sumergen en el sexo como un placer del que siempre desean más.

Esto se relaciona con la capacidad que tiene la mujer de tender una red al hombre para atraparlo; la mujer es una tentación para el hombre, incluso ella parece la culpable de provocar en él el deseo. Así, el hombre sólo siente hacia ella atracción física: “alzándose la pollera, mostró el pie, un pie corto, alto de empeine, lleno de carne, el delicado dibujo del tobillo, la pantorrilla alta y gruesa, el rasgo amplio de los muslos y, al inclinarse, por entre los pliegues sueltos de su camisa sin corsé, las puntas duras de sus pechos chicos y redondos” (55). “Alta, morena, esbelta, linda, sus ojos hoscos y como engarzados en el fondo de las órbitas, despedían un brillo intenso y sombrío; el surco de dos ojeras profundas los bordeaba revelando todo el fuego de su sangre de romana” (83); “y el pie, y los dedos del pie sobre todo, así ceñidos, a pesar suyo lo atraían, secretamente provocaban su lascivia en un refinamiento de extravío sensual” (88); “Su boca entreabierta, mostrando el esmalte blanco y húmedo de los dientes, era una irresistible tentación de besos, sus ojos cansados, ojerosos, un manantial de lujuria” (93).5

La misma idea de atracción exclusivamente física provocada por la mujer se encuentra en otra novela de Cambaceres, Música sentimental:

La quiero, no porque sea buena y le deba lo que no soy sujeto de pagarle. La quiero porque ella es mujer y yo soy hombre, porque su presencia me enardece, porque su olor me marea, porque su contacto me electriza, ¿entiende? La quiero porque es joven, porque es linda, [...] porque el grito de la carne [...] vuelve a retumbar en mí con más violencia que nunca; porque tengo hambre de ella; porque no conozco a otra mujer que, como ella, sea capaz de calmar el ardor varonil y brutal de mis sentidos, cuya posesión me haga entrever una fuente más inmensa de delicias para apagar las ansias de placer que me estremecen (Obras completas 140).

La diferencia primordial entre el hombre y la mujer en cuanto al sexo es que en ella el sexo va inevitablemente unido al amor, algo que no ocurre en él. Aunque es cierto que esto se aprecia más claramente en Donata, ya desde su propio nombre, como indica Rita Gnutzmann (= “la que se da” 26), también en la Amorini (= “la que tiene amoríos”) se ve el sentimiento amoroso: “te amo, te adoro...” (Sin rumbo 97). Así, la mujer se enamora justo en el momento en que es poseída por el hombre: “confundía la brama de la bestia con el amor del hombre” (Sin rumbo 65); “en cuerpo y alma se había entregado a su querido” (65); “un interés que la infeliz en su ignorancia, aceptaba como pruebas de cariño y que eran sólo en Andrés otras tantas caprichosas alternativas de la fiebre del deseo” (66); “¿Pero, me promete, no es verdad, me jura ser mío, exclusivamente mío?” (94); “locamente enamorada de su amante” (98); “correré a darte mil besos, tendré la inmensa dicha de ser tuya un instante más, en secreto, entre las sombras, como dos enamorados que se aman por primera vez” (100).

El propio narrador señala que el auténtico amor entre un hombre y una mujer no es posible: “el amor -un torpe llamado de los sentidos” (57); “apenas sus amores, si es que amor podía llamarse su comercio con Donata, bastaban a llenar algunos instantes de su vida” (65). En opinión de Thomas J. Kiddie, Cambaceres “believes strongly that neither man nor woman is capable of true love and fidelity” (155).

Esto provoca casi una imposibilidad genética de unión permanente entre el hombre y la mujer: son demasiado distintos para vivir juntos, de ahí el horror que siente Andrés hacia el matrimonio: “negando la posibilidad de la dicha en el hogar y mirando el matrimonio con horror, buscaba un refugio [...] en los amores fáciles de entretelones” (79); “En el Club, los hombres serios [...] poco a poco habían ido desapareciendo. Sus mujeres y sus nanas temprano los obligaban a ganar la cama” (86). Como consecuencia, Cambaceres aboga por la poligamia para el hombre, donde se aprecia la influencia de Schopenhauer y su ensayo sobre la mujer: “llegaba Andrés hasta hacer con Schopenhauer una calorosa apología, una defensa ardiente de la poligamia como institución humana, a encarecer su bondad, a suprimir con su auxilio una inmensa parte de los males inveterados en el organismo de las naciones cristianas” (Sin rumbo 146). Así se expresa el filósofo alemán: “In our part of the world where monogamy is the rule, to marry means to halve one’s rights and double one’s duties” (83-4); “Polygamy is therefore a real benefit to the female sex [...]. There is no true reason why a man whose wife suffers from chronic illness, or remains barren, or has gradually become too old for him, should not take a second” (85); “We all live, at any rate, for a time, and most of us, always, in polygamy. And so, since every man needs many women, there is nothing fairer than to allow him, nay, to make it incumbent upon him, to provide for many women” (86).

A pesar de que la sociedad está configurada sobre el matrimonio, hay en ella cierta laxitud y permisividad en las aventuras amorosas de los hombres; la sociedad aprueba la diferencia del hombre respecto a la mujer: “Es que el muchacho ese es medio hombrecito ya, y vd. sabe que el diablo las carga...” (67); “-Déjese de fanatismos y vamos al grano: ¿es bonita? -Roba fina, ¡un bombón!” (82); “Los amigos de la empresa, entrometidos, estorbaban, se mezclaban al tumulto, de paso se les iba la mano con alguna bailarina” (87); “Si éstas, patrón, son como hacienda […], conforme cualquiera las atropella, ahí no más se echan” (131). Por lo tanto, la sociedad favorece la distinción entre hombres y mujeres. Incluso Andrés no siente miedo de tener una aventura con una mujer casada como la Amorini, porque los impulsos sexuales del hombre están por encima de los convencionalismos sociales.

La mujer es reducida a su cuerpo, su finalidad es la de excitar visualmente al hombre. La mujer es un objeto de placer:

El aspecto mismo de su cuerpo, su falta de nervio y de vigor, la molicie de sus formas, la delicadeza de sus líneas, la suavidad de su piel, la morbidez de su carne ¿no revelaban claramente su destino, la misión que la naturaleza le había dado, no estaban diciendo a gritos que era un ser consagrado al amor esencialmente, casi un simple instrumento de placer, creado en vista de la propagación sucesiva y creciente de la especie? (Sin rumbo 145).

Andrés mantiene relaciones sexuales con Donata y la Amorini exclusivamente porque en un determinado momento hubo atracción física hacia ellas y también por el exotismo de ambas: una es indígena y la otra es una cantante de ópera. Así, como indica Alejandra Zina, “la relación del hombre y la mujer es la de un coleccionista con su presa” (15). Para Andrés todas las mujeres son lo mismo: “Sin amor, sin querer, sin poder tenerlo, apenas movido por un débil interés carnal, ésa y la otra y todas eran lo mismo” (93). Ya en su juventud vivió dedicado a los placeres del juego y de las mujeres: “entrevistos y dejados por otra escuela mejor: el juego y las mujeres; la orgía” (51).

Para el protagonista, las mujeres son flores, esto es, débiles y hermosas, pero sólo valen mientras son jóvenes, ya que cuando se empiezan a marchitar pierden el atractivo físico. Ahora bien, las tres mujeres de la novela son un tipo distinto de flor. Donata es “como esas flores agrestes que dan todo su aroma” (65), es la que se entrega totalmente y confunde el sexo con el amor, la china ingenua apegada a la tierra, la de carácter más animal. Por su parte, la Amorini posee “el acre y estimulante aroma de las flores manoseadas” (93), es la mujer lasciva, que disfruta con el sexo y con todos los placeres de la vida. Finalmente, Andrea se caracteriza por “la inconsciencia de las flores cuando hartas de luz cierran su cáliz al declinar el sol” (136); es un ser inocente, que después de derramar la felicidad para su padre, se agota y muere.

El sexo para Andrés es una forma de evitar el tedio y el aburrimiento, un momento de evasión: “¡Ufff!... [...] ¡qué remedio!..., mañana iré a ver a la china ésa” (52). Es un pasatiempo, un entretenimiento, cuyo paso previo es la conquista. Ésta se puede producir por medio de la violencia, como en el caso de Donata, pero también a través de un juego de seducción, entretenido para Andrés, como pasa con la Amorini. Para ello dispone de una casa a las afueras, decorada con exceso de barroquismo: “Era una sala cuadrada grande, de un lujo fantástico, opulento, un lujo a la vez de mundano refinado y de artista caprichoso” (95). La ostentación de la casa, junto con su asistencia a la ópera, es solo un medio para capturar a la presa: él en realidad no siente interés ni por el arte ni por la música.

Tuninetti, analizando otra obra de Cambaceres, En la sangre, considera que en ella el sexo es un elemento de poder junto con el dinero, lo que supondría una separación respecto al Naturalismo (2). Esta idea es aplicable también a Sin rumbo. Andrés viola a Donata porque trabaja para él, ejerce su superioridad social a través del sexo. Siguiendo a Foucault, Tuninetti indica que las clases dominantes son las que valorizan el sexo, por lo que las clases bajas no tendrían derecho a él. Lo que está claro es que Andrés no puede utilizar el mismo mecanismo para satisfacer sus deseos sexuales en el caso de Donata y en el de la Amorini. Con esta última se ve obligado a entrar en un juego de seducción, incluso estando a punto de acabar en duelo con su marido. A pesar de ello, la considera una prostituta al dejarle veinte billetes de mil francos en un sobre con una carta de despedida.

Ahora bien, el sexo repetido con la misma mujer llega a cansar y hasta provoca los deseos de huida. Después del acto sexual, el hombre ya colmado de su fogosidad, no siente ningún tipo de amor: “Breves instantes después, con el gesto de glacial indiferencia del hombre que no quiere, Andrés tranquilamente se bajaba de la cama, daba unos pasos por el cuarto y volvía a apoyarse sobre el borde del colchón” (56). En el caso de Donata, la pasión sexual deja paso al asco, mientras que en la Amorini hay un estadio anterior de tedio, para acabar en el odio. El estar junto a Donata le llega a provocar a Andrés malestar físico, es para él como un “infierno” (Sin rumbo 71): “La atmósfera [...] lo mareaba, le sublevaba en ansias el estómago. [...] La vecindad de Donata, sus carnes frescas y mojadas de sudor, ya un brazo, el seno, una pierna, el pie que Andrés, en su desasosiego constante alcanzaba a rozarle por acaso, bruscamente lo hacían apartarse de ella como erizado al contacto de un bicho asqueroso y repugnante” (70).6 La llega a valorar aún menos que a un animal: “Hoy, era apenas un detalle en la existencia de Andrés. Una cosa, carne, ni alguien siquiera. Menos aún que Bernardo, el gato, el animal mimado de su amante” (66).

En el caso de la Amorini, el anterior objeto de deseo se transforma en odioso en el capítulo XXIV, que supone un compendio de ideas misóginas sobre la cantante italiana: “El cansancio, el empalago que el amoroso ardor de su querida llegara a producirle, inconscientemente se habían trocado al fin en una antipatía invencible, en una aversión profunda” (110); “Era mala, ruin, ordinaria, vulgar [...]; cantaba como cantan los bachichas” (110); “Y hasta era fea: tenía los ojos metidos en la nuca, la punta de la nariz medio de lado, las orejas mal hechas, la boca grande, los brazos flacos y las piernas peludas, como piernas de hombre” (111). Todo esta acumulación de aspectos negativos de la Amorini tienen como finalidad que el lector vea incluso como aceptable los ataques destructivos que siente Andrés hacia ella: “Había momentos en que tentaciones brutales lo acometían: estrujarla, estropearla, insultarla, matarla y matarse él...” (111).

Además de considerar a la mujer como mero objeto de satisfacción del hombre, como una presa de la bestia, en Sin rumbo hay otras opiniones que ubican a la mujer en una posición inferior. De esta manera, se critica el que sea una sentimental y una llorona, por ejemplo cuando Andrés viola a Donata y ésta se echa a llorar, o cuando ésta le comunica que está embarazada: “Mira, mi hijita, déjate de venir a fastidiarme, a mí no me gustan las mujeres lloronas” (77). Asimismo, se ve a la mujer como presumida: “Todo en ellas juraba, blasfemaba de verse junto, desde el terciopelo y la seda hasta el percal” (62), como también indicaba Schopenhauer: “They are vain, I mean, of their personal beauty, and then of finery, show and magnificence” (88).

Por otro lado, destaca sobremanera la visión de la mujer como envidiosa, rencorosa y mala: “Empezaron entonces los manejos de la madre [...], esa guerra sorda y sin cuartel de las mujeres que acaba por convertir el hogar en un infierno” (51). El ejemplo máximo de esta idea es la rivalidad entre la Amorini y la Machi: “Observe a la Machi, sufre, la rabia la devora”; “Porque es así no más, porque es mala y porque me odia” (92); “No quiero -dijo la Amorini con voz precipitada y seca- que vuelva Vd. a mirar a la Machi como lo acaba de estar haciendo” (94). Respecto a esto, se puede apuntar la influencia de nuevo de Schopenhauer: “The natural feeling between men is mere indifference, but between women it is actual enmity. [...] Even when they meet in the street, women look at one another like Guelphs and Ghibellines” (78-9).

Ahora bien, donde mejor se materializan las concepciones de inferioridad de la mujer es en el capítulo XXXIV, donde Cambaceres parece seguir muy estrechamente las opiniones del filósofo alemán: “Pensaba en la triste condición de la mujer, marcada al nacer por el dedo de la fatalidad, débil de espíritu y de cuerpo, inferior al hombre en la escala de los seres, dominada por él, relegada por la esencia misma de su naturaleza al segundo plano de la existencia” (144). Aparte de su utilización como mero objeto de placer, Andrés señala la incapacidad de la mujer para las artes y la justicia, y su escasa inteligencia: “La limitación estrecha de sus facultades, los escasos alcances de su inteligencia incapaz de penetrar en el dominio profundo de la ciencia, rebelde a las concepciones sublimes de las artes, la pobreza de su ser moral, refractario a todas las altas nociones de justicia y de deber” (145). Es parecido a lo que defiende Schopenhauer: “She may, in fact, be described as intellectually short-sighted” (74); “the fundamental fault of the female character is that it has no sense of justice” (76); “the most distinguished intellects among the whole sex have never managed to produce a single achievement in the fine arts that is really great, genuine, and original; or given to the world any work of permanent value in any sphere” (81).

Pedro Lasarte considera que la influencia del filósofo alemán en Andrés no es completa, ya que Schopenhauer propuso dos salidas al instinto subconsciente o Voluntad que controla totalmente el comportamiento del hombre: la inmersión en la Nada con la suspensión de la individualidad y la contemplación desinteresada de la idea, pero Andrés no es capaz de ninguna de estas dos soluciones: “el protagonista ha alcanzado sólo una comprensión truncada o incompleta de la filosofía de Schopenhauer” (Lasarte 87). Así, este crítico cree que Andrés comete un error de lectura del autor alemán, ya que, por ejemplo, éste no aboga por el suicidio, pues piensa que la autodestrucción es una acción fútil en contra de la Voluntad.7 A pesar de ello, sí que es cierto que en algunos aspectos la influencia de Schopenhauer y el entendimiento de su esquema ideológico son correctos, sobre todo en lo referente a la mujer, como he apuntado anteriormente.

En conclusión, la oposición hombre-mujer en la primera parte, y en general en toda la novela, podría esquematizarse de la siguiente manera:

Frente a la primera parte, dominada por el hastío, la segunda parece suponer la regeneración del protagonista (Gnutzmann 22). Aparecen en él sentimientos de arrepentimiento, incluso antes de conocer a su hija, al pensar en su existencia: “Y hablaba de su hijo, de formarlo y educarlo… ¡Infeliz! El hecho sólo de tener por padre a un bellaco como era él, bastaba para hacer la desesperación y la desgracia de cualquiera…” (115); “con la conciencia de sus treinta años de vida miserablemente malgastada cayendo sobre él como una maldición” (115).

Hay un remordimiento por su vida pasada; el sexo se deja a un lado, y es sustituido por el amor paternal, que da sentido a la vida del protagonista y aleja de su mente la idea del suicidio.8 Así expresa Andrés el cambio que supone la existencia de Andrea en su vida: “cuyo solo nacimiento había bastado a revelarle, a él, viejo y descreído, a él, cansado de vivir, el secreto de otra vida, de otra existencia desconocida y nueva […] Ella, la dulce criatura que le había enseñado a amar y a perdonar” (142). Para Kiddie, las experiencias anteriores le sirven al protagonista para darse cuenta de que necesita amor y afecto (177).

Una de las consecuencias de la aparición de su hija es que Andrés se vuelve sentimental; por primera vez vemos en él rasgos de humanidad: “Una insólita impresión lo dominaba en presencia de aquel cuadro familiar a sus ojos sin embargo. Una emoción desconocida y extraña inmutaba su semblante. […] Sintió que los ojos se llenaban de lágrimas que no podía, que no sabía llorar él, el descreído…” (124); “acercó su rostro al de la niñita y, lloroso, enternecido, dándole un largo beso en la frente -¡mi hija, mi hijita!- murmuró con un mundo de caricias en la voz” (134).

Sin embargo, el amor y el placer en las novelas naturalistas aparecen unidos inevitablemente a la muerte: “Where love does exist [...] is always destroyed by pain and by the death of either one or both of the couple” (Kiddie 62). De la misma manera, en el Naturalismo el amor se ve como una fuerza que se debe evitar para poder triunfar en la sociedad. En este caso, a pesar de la apacible tranquilidad y dicha de la que disfruta Andrés, siempre aparecen las dudas acerca del futuro de la hija y su posible infelicidad por ser mujer: “Por ella ¡la infeliz!, condenada a recorrer la vía crucis de su sexo” (147). Asimismo, tiene a menudo miedo de que la alegría que vive se torne en desgracia; presiente un final trágico: “temblaba, sin embargo, en presencia del más remoto asomo de peligro para la vida de su hija, y se estremecía por ella, horrorizado a la idea sola de su muerte” (147); “Lo que el azar hacía hoy, podía deshacerlo mañana… ¡Ay de él!, de su hija, ¡ay de su felicidad entonces!” (148).

Este desplazamiento del valor de la existencia a un aspecto externo, la hija, en opinión de Lasarte supondría también una diferencia respecto a las ideas de Schopenhauer, ya que significaría una entrega ciega a la Voluntad (89). Aunque esto es cierto, se podría argüir que el propio filósofo alemán escribió sobre los importantes lazos de unión que se establecen entre un padre y un hijo, muy distintos de los forjados por una madre:

The first love of a mother for her child is [...] of a purely instinctive character, and so it ceases when the child is no longer in a physically helpless condition. [...] The love of a father for his child is of a different order, and more likely to last; because it has its foundation in the fact that in the child he recognizes his own inner self; that is to say, his love for it is metaphysical in its origin (87).

El ejemplo más claro de lo que supone para Andrés un descendiente suyo es el sueño que tiene en el que su hijo-monstruo es perseguido por la gente y él lo defiende por encima de todo (este sueño presagia asimismo el final trágico de Andrea): “Él, humillado, confundido, rojo de rubor y de vergüenza, pero lleno el corazón de amor, de un amor desnatural, insensato, de un sentimiento inhumano, imposible, absurdo, loco, afanosamente se alejaba con su preciosa y repugnante carga, seguía huyendo con el escuerzo en el seno” (121).

Debido a este carácter supranatural de la relación paternofilial, la hija de Andrés tiene el mismo nombre que él en su variante femenina, y se caracteriza por ser caprichosa y hacer en todo momento su voluntad, rasgos definidores de su padre. Incluso la identificación se produce durante la enfermedad de la niña. Al igual que ella, él parece ahogarse: “se llevaba las manos al cuello como queriendo arrancarse la opresión que anudaba su garganta” (Sin rumbo 158); “De un tirón se arrancó la corbata, se abrió el cuello de la camisa” (161). Ahora bien, finalmente el amor no triunfa, y se corroboran los anteriores miedos del protagonista. La unión irrompible entre el padre y la hija provoca que, al morir ella, él también deba morir. Kiddie piensa que estos sentimientos de amor de Andrés hacia su hija no son sino expresiones del amor a sí mismo: “Is Andrés able to love?” (159), y que el suicidio no es una manifestación de pena hacia Andrea, sino de pena hacia sí mismo (179). Lo que queda claro es que al irse la razón de su existencia, decide no seguir viviendo porque ya no ve otro futuro motor que dé sentido a su vida.

En conclusión, en Sin rumbo el instinto sexual del hombre está muy presente en la primera parte. El hombre, como bestia, debe satisfacer sus apetencias sexuales, y para ello se sirve de la violencia o del juego de la conquista. En la novela hay toda una construcción conceptual sobre la mujer, que es como una flor: todas son iguales: se caracterizan por su inferioridad, por el deseo de pertenecer a un hombre y por la falsa ilusión de creer que éste las ama. Sin embargo, el hombre no puede estar siempre con la misma mujer, ya que esto le provoca tedio, asco o incluso odio hacia ella. De esta manera, el sexo no se ve como una solución o salida al sinsentido de la vida, sino más bien como algo necesario en una etapa de la juventud y que debe ser dejado a un lado cuando se llega a la madurez. El arrepentimiento de Andrés de su libertina vida pasada nos apunta al amor como una hipotética pero no real salida del hastío vital. Lo que está claro es que hay una separación nítida entre el sexo y el amor: el sexo para el hombre nunca va unido al amor, mientras que el amor nunca posee connotaciones sexuales, ya que se trata de un amor paternofilial. Debido a la importancia concedida al amor como medio salvador y dignificador de la vida humana, el autor no se muestra tan trasgresor como podíamos suponer en una primera lectura. La conclusión que obtenemos es que el sexo sólo sirve para satisfacer los ímpetus animales, no ofrece ningún tipo de bienestar moral ni paz interior, más bien al contrario, atrapa al hombre en una red de desenfreno que le lleva a una especie de abismo y autodestrucción. Para el autor, sólo hay una consecuencia positiva del sexo: la reproducción: gracias al sexo, Andrés engendra una hija y vive los únicos años alegres de su vida. Su felicidad transitoria consiste, por lo tanto, en su identificación personal con Andrea, pero Cambaceres apunta a que esto puede resultar muy peligroso, porque ese objeto de gozo es posible que desaparezca y por lo tanto que el individuo se suma en la nada. También se puede pensar que, en opinión del autor, el amor indisoluble simplemente no es viable: entre un hombre y una mujer porque son demasiado distintos, mientras que el amor potencial, el de un padre y una hija, termina amputado por el determinismo. El amor sirve para ocultar la parte animal del hombre, pero su duración es limitada, ya que cuando finalmente llega, acaba siendo truncado por la muerte.

Obras citadas

Cáceres Milnes, Andrés. “La actualidad de Eugenio Cambaceres como escritor de los aires culturales europeos.” http://www.uchile.cl/facultades/filosofia/ publicaciones/cyber/cyber13/tx2.html

Cambaceres, Eugenio. Obras completas. Santa Fé: Castellvi, 1956.

———. Sin rumbo. Ed. Rita Gnutzmann. Bilbao: UPV, 1993.

Foucault, Michel. The History of Sexuality. Volume 1: An Introduction. Trans. Robert Hurley. New York: Pantheon, 1978.

Gnutzmann, Rita, ed. Introducción. Sin rumbo. By Eugenio Cambaceres. Bilbao: UPV, 1993. 9-42.

Kiddie, Thomas J. Eros and ataraxy. A study of love and pleasure in the fiction of Zola, Cambaceres and Fontane. New York & London: Garland, 1988.

Lasarte, Pedro. “Sin rumbo en el texto de Schopenhauer.” Inti: Revista de Literatura Hispánica 39 (1994): 81-96.

Schopenhauer, Arthur. “Of Women.” “Studies in Pessimism”. The Essays of Arthur Schopenhauer. New York: Willey, n.d. 72-89.

———. “On Suicide.” “Studies in Pessimism”. The Essays of Arthur Schopenhauer. By Arthur Schopenhauer. New York: Willey, n.d. 25-31.

Tuninetti, Ángel T. “Sexo, sangre y naturalismo en En la sangre de Eugenio Cambaceres.” http://www.lvc.edu/languages/faculty/tuninetti/cambacer.html

Zina, Alejandra. Prólogo. Erótica argentina. Ed. Alejandra Zina. Buenos Aires: Atril, 2000. 11-47.

Zola, Émile. El Naturalismo. Ed. Laureano Bonet. Barcelona: Península, 1972.

Notas

[1] Como indica Rita Gnutzmann, externamente las dos partes son desequilibradas: 32 capítulos en una y 13 en otra. Sin embargo, internamente hay una simetría en la novela, ya que hay trece capítulos dedicados al campo (la estancia), los trece siguientes a la ciudad (Buenos Aires), otros seis capítulos de camino al campo, en el regreso de Andrés, y finalmente trece capítulos de nuevo en la estancia (22).

[2] Esta segunda opción se relacionaría con el determinismo propio del Naturalismo: Andrés termina suicidándose porque los acontecimientos le impelen a ello. Como escribe Zola, “el determinismo lo domina todo […] Todo lo que puede decirse es que hay un determinismo absoluto para todos los fenómenos humanos” (41). Sin embargo, hay que diferenciar claramente el determinismo del fatalismo, este último no propio de los naturalistas: “El fatalismo supone la manifestación necesaria de un fenómeno, independientemente de sus condiciones, mientras que el determinismo es la condición necesaria de un fenómeno cuya manifestación no es obligada” (50).

[3] Las semejanzas con Zola son varias en cuanto a la configuración de los personajes: la herencia, el carecer de un rumbo fijo, el egoísmo, la ambición, el pesimismo y la antirreligiosidad. También en la técnica se parece al creador del Naturalismo: el lenguaje científico y objetivo, y el habla vulgar.

[4] Este pasaje en el que aparece tan claramente el acto sexual resulta realmente moderno para la época en que fue escrito (1885). Esto se conecta con la tendencia del Naturalismo a reflejar sin barreras la realidad. Zola se quejaba de que se culpara a este movimiento de inmundicia y señalaba la importancia de la “visión clara” (98). Asimismo, criticaba a los románticos y a los idealistas de regocijarse en “el fango y en la sangre, sin tener la excusa de extraer un solo documento verdadero” (103). “Tomad los dramas y las novelas románticas […]; encontraréis en ellas los más vergonzosos refinamientos de la licenciosidad, las más asombrosas insanias de la carne y del espíritu. […] Con las obras naturalistas esta hipocresía del vicio secretamente lisonjeado es imposible” (105). Por otro lado, rechazaba la acusación que recibían los naturalistas de estar faltos de moral, ya que el buscar las causas del mal les obligaba a “bajar en medio de las miserias y las locuras humanas” (104). Para Zola, los naturalistas aportaban los documentos necesarios para dominar el bien y el mal.

[5] Se aprecia en la novela un cierto fetichismo de Andrés por los pies. Foucault señala el estudio científico de la sexualidad a partir del siglo XIX y cómo se empezaron a analizar las nuevas formas de placer sexual: “the sexual instinct was isolated as a separate biological and psychical instinct; a clinical anlysis was made of all the forms of anomalies by which it could be afflicted; it was assigned a role of normalization or pathologization with respect to all behavior” (105).

[6] Esta identificación de la mujer con “un bicho asqueroso y repugnante” es, en mi opinión, la más degradante imagen sobre el género femenino en toda la obra.

[7] Schopenhauer critica que se considere el suicidio como un crimen, y está en contra de la idea que de él tiene la Iglesia Católica. Él no aboga por el suicidio simplemente porque lo considera una acción sinsentido en contra de la Voluntad, un error: “I have explained the only valid reason existing against suicide on the store of mortality. It is this: that suicide thwarts the attainment of the highest moral aim by the fact that, for a real release from this world of misery, it substitutes one that is merely apparent. But from a mistake to a crime is a far cry” (“On suicide” 29); “The question is this: What change will death produce in a man’s existence and in his insight into the nature of things? It is a clumsy experiment to make; for it involves the destruction of the very consciousness which puts the question and awaits the answer” (31).

[8] Vemos claramente la tentación de la autodestrucción tras la aventura sexual con la Amorini, cuando Andrés, todavía no impelido por la existencia de su hija, no encuentra sentido a su vida: “Desalentado, rendido, postrado andaba al azar, sin rumbo, en la noche negra y helada de su vida… Pero entonces, ¿por qué andar?, ¿por qué vivir? Y la idea del suicidio, como una puerta que se abre de pronto entre tinieblas, atrayente, tentadora, por primera vez cruzó su mente enferma. Matarse…” (99).

© Iker González-Allende 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

En la sangre- Eugenio Cambaceres- complementos 4


LA ACTUALIDAD DE EUGENIO CAMBACERES COMO ESCRITOR DE LOS AIRES CULTURALES EUROPEOS.

por Andrés Cáceres Milnes

Universidad de Playa Ancha

No cabe duda que los aires culturales de Europa no son ajenos a los hombres ilustrados del siglo XIX. Hacia 1880 el naturalismo era en Francia un movimiento estético que se había impuesto definitivamente en los medios literarios con toda su doctrina positivista, determinista y experimental que Emile Zola sintetiza en su concepción moderna del quéhacer novelesco. Evidentemente que esta mentalidad ejerce una fuerte influencia en la recepción que tuvieron los escritores liberales y progresistas de nuestro continente, especialmente en el Río de la Plata. Ellos buscaban nuevas formas de interpretación de la realidad para desentrañar fidedignamente los vicios que aquejaban a la sociedad. Esto, desde una perspectiva externa y objetiva, razón suficiente para establecer parámetros morales mediante un narrador que observa y experimenta científicamente el comportamiento de los hombres.

La irrupción de esta teoría naturalista en Argentina se da conjuntamente con la llamada ‘generación del 80’, siendo Eugenio Cambaceres el representante máximo. Incluso, ha sido considerado por la crítica como el iniciador de este proceso a partir de su obra Pot-pourri hasta llegar a su última novela - En la sangre - donde desarrolla estrictamente los preceptos zolescos.

El presente trabajo pretende dar cuenta precisamente de las características e importancia de la novela naturalista en Argentina. Para ello, abordaremos al escritor Eugenio Cambaceres considerado el padre del naturalismo y la novela moderna de ese país.

La recepción cultural del código naturalista tuvo en Cambaceres una plena cabida. Sin embargo, aproximarse a su narrativa exige una mirada desde "afuera" hacia "adentro" como método que nos permita comprender la coherencia de sus principios ideológicos desplegados en el plano narrativo. Vale decir, la lectura de la producción literaria de este escritor la vamos a acotar de acuerdo a los siguientes núcleos problemáticos:

1 .Influencia y recepción del naturalismo en el aire cultural de Argentina.
2 .Repercusión en la creación novelesca de Cambaceres.
3. Fundación de la novela naturalista y moderna.
4. La generación del 80 y el tema de los inmigrantes.

La perspectiva literaria de Eugenio Cambaceres está teñida por la parcialidad con que describe las situaciones sociales e históricas de la época. Además, entre los escritores del 80, se destaca por ser uno de los primeros en ensayar con un esbozo de organicidad e integración literaria los preceptos culturales provenientes de Europa. De ahí su importancia, pues con él nace un nuevo discurso literario como fundamento crítico de una realidad porteña que oscilaba entre el concepto de aldea y metrópolis, en un momento histórico donde el progreso estaba sometido al influjo inmigratorio. En este sentido, la escritura argentina no deja de lado los grandes temas que surgen junto a la modernidad positivista: el auge económico y la debacle de la Bolsa, el materialismo visto en la especulación financiera, la carencia de sentimientos o descristalización amorosa, la corrupción de la ciudad e idealización del campo, la invasión extranjerizante y la predilección por el mundo de las apariencias,etc. En el fondo, trataremos de ver la transferencia cultural del naturalismo europeo y su repercusión en el aire cultural argentino específicamente en el escritor Eugenio Cambaceres.

1.0.- Eugenio Cambaceres, el naturalismo y la novela moderna en Argentina

Este escritor nació en Buenos Aires en 1843 y murió en la misma ciudad el año 1889. Su padre fue un francés llamado Antonino Cambaceres que llegó a Argentina como inmigrante en el año 1833. Una vez establecido en el país invirtió su fortuna en la compra de campos, transformándose así en un poderoso estanciero. Por entonces, se casó con una mujer porteña llamada Rufina Alais. De esta unión nace Eugenio Modesto de las Mercedes Cambaceres.

Él cursó estudios en la Facultad de Derecho y Leyes, graduándose de abogado en 1869. Fue un porteño que incursionó en política bajo el ideario liberal y progresista, perteneció al distinguido Club del Progreso, ocupó un puesto en el Congreso de la Nación y se caracterizó por tener una cultura francesa. Esta cultura la heredó de su familia paterna, los viajes a Europa y el conocimiento e influencia del novelista Emilio Zola. Obviamente que su vocación literaria era notoria. Tal es así, que representó en la narrativa argentina una búsqueda permanente de nuevas formas de expresión literaria, verdadero desafío a las buenas costumbres de la época. Hemilce Cárrega dirá que "no tuvo él reparos en ir más allá de los toques convencionales de su tiempo para alcanzar en sus escritos, así como también en sus personales actuaciones públicas, la nota capaz de provocar el escándalo, la reprobación, en el ambiente propio de Buenos Aires todavía gran aldea.". Lo cierto es que su narrativa desde el comienzo aparece caracterizada bajo el canon cultural del naturalismo francés, estética que le permitió alcanzar una dimensión originalmente realista del mundo narrado hasta el punto de ser considerado el fundador del naturalismo no sólo en Argentina, sino en Hispanoamérica.

Este autor se muestra como un agudo observador de las costumbres de su tiempo, especialmente del medio porteño al que pertenecía. Su actitud lo lleva a enjuiciar con un realismo crítico el momento histórico y el medio ambiente de la ciudad. La atmósfera aldeana del Buenos Aires de fin de siglos era el eje de su crítica, exhibiendo las lacras que corrompen el entramado social como una forma de denuncia despiadada del comportamiento real de la aldea capitalina. La producción novelística se centró "en aquella zona de las costumbres que la hipocresía social manda tener velada; pintó lo instintivo y lo grotesco tal como lo veía en su modelo real. Por todo ello, la publicación de cada uno de sus libros resultó un escándalo en nuestro medio todavía aldeano". Vale decir, sus novelas fueron los primeros relatos indagatorios sobre la vida de los instintos tal como aparece en el color local del ambiente citadino.

Así es como su producción literaria adquiere notoriedad a partir de la publicación de la novela Pot-pourri (1882), subtitulada Silbidos de un vago. Luego aparecen Música sentimental (1884) con el mismo subtítulo de la novela anterior, Sin rumbo (1885) y En la sangre (1887). Estos textos van delineando las características narrativas de un escritor que es considerado como uno de los fundadores de la novela argentina.

La intuición narrativa de Cambaceres, - perteneciente a la llamada generación del 80 - no está solamente en dar una reseña político-social y un estudio psicológico de los personajes, sino también en desplegar un proyecto literario adscrito a la teoría de Emilio Zola, especialmente con sus dos últimas novelas. Martín García Merou dirá que con él nace la novela argentina moderna en un momento en que la corriente naturalista se había preocupado de desnudar los vicios de una sociedad volcada a relucir "la bestia humana".

Este escritor - el primer novelista de la generación naturalista argentina- presenta notables dotes de un narrador capaz de depurar las falsas ilusiones de la condición humana mediante una mirada superior sustentada en las convicciones del método cientificista. Por eso, para comprender su producción literaria es necesario situarse en el canon naturalista como un modo de representación de lo real. Es indudable que movido por un afán progresista y reformador adopta esta teoría para enjuiciar con rigidez ideológica los códigos de su clase.

El rasgo predominante que asume Cambaceres en su narrativa es la concepción positivista de la literatura basado en un criterio científico y un método crítico de naturaleza empírica. La literatura entendida como una creación imaginaria de mundos posibles presenta - entre otras cosas - una preocupación permanente por la raza nacional, los inmigrantes y la xenofobia como atributos de una expresión de la sociedad que toma cuerpo a través de una función cognoscitiva de la narración, nota fundamental en el dominio de la novela naturalista. Esto nos está señalando la influencia que ejerció en su escritura el código naturalista como un sistema de preferencias que desentraña el comportamiento humano en forma individual y social. Él construye un discurso imaginario que pone al desnudo los vicios sin ninguna conmiseración. Vale decir, su disconformidad alcanza a todas las manifestaciones del ambiente social porteño y tiene en el marco doctrinario del naturalismo francés, la orientación estética que le permitirá llevar a cabo su osadía de criticar las contradicciones de esta sociedad.

La interpretación de la realidad en la novela de Cambaceres va a estar fuertemente impregnada por los aires culturales de Europa. Por ejemplo, el carácter científico de concebir el mundo, el concepto del fatalismo de corte eminentemente determinista, la lucha por la existencia, la ley de la herencia, la fuerza instintiva de la sangre y el arrebato de la bestia. De modo que nos encontramos con la figura de un narrador que adquiere formas sociológicas, propio de un experimentador que aspira a dar una mirada positivista de la realidad, descolgándose de todo sentimiento personal para convertirse en un narrador absolutamente impasible, capaz de disponer del material narrativo según los dictados de la observación y la experiencia, especialmente en las novelas Sin rumbo y En la sangre.

Con la tendencia naturalista, veremos a un narrador que se caracteriza por su capacidad de interpretar la realidad mediante la construcción de un escenario narrativo fielmente representativo del temperamento de los personajes, enseñoreándose en la seguridad que otorga el prestigio de la ciencia y en el ordenamiento sistemático de los hechos. Así es como las novelas son verdaderos documentos humanos. Este estudio de la sociedad reproduce miméticamente lo mórbido y patológico sin restricciones ni proceso selectivo: espejo de una realidad que está sometida a la lógica de la ciencia.

En el fondo, es la observación y experimentación de un narrador sagaz que ve la vida espasmódicamente a través del esfuerzo pesimista que trasluce la bestia humana como una experiencia infausta de la ambición y avaricia de la sociedad bonaerense. Además, asume una concepción de vida sórdida y discriminatoria con el inmigrante, tema central en el naturalismo argentino. Por otra parte, está la presencia de un nuevo protagonista que aparece tratado literariamente en forma seria: el pueblo. Para la representación de este cuadro narrativo, emerge un narrador omnipresente que se da el lujo demiúrgico de comentar, disgregar, explicar y hacer verdaderos sumarios diegéticos con la idea de darnos una imagen de la realidad acorde a los principios naturalistas.

La visión científica de la realidad la encontramos elaborada en el positivismo de Comte, en el concepto de la evolución de Darwin, en el pesimismo de Schopenhauer y en las tres fuerzas primordiales de H. Taine. Por otra parte, también tenemos el método experimental que aplica Emilio Zola a la novela. Vale decir, estamos en presencia de una aprehensión de la realidad objetiva bajo el signo irrestricto del conocimiento científico. Ahora los acontecimientos narrativos son ordenados, siguiendo las pautas de un experimento donde los personajes actúan entre sí y con la circunstancia a la luz de la observación de sus propios comportamientos. Además, se conocen los antecedentes hereditarios y los componentes del carácter y la raza, lo que desencadenará un fin narrativo previsible producto de la hipótesis planteada como fundamento de una ley científica. Por lo tanto, las novelas de Cambaceres como Sin rumbo y En la sangre nos presentan un narrador fiel a los principios zolescos: posee el saber absoluto del mundo narrado. En otras palabras, es un narrador superior e informado que se pone en evidencia por su saber científico de los hechos y por el dominio y conocimiento de todo.

Cédomil Goic dirá que "la forma interior de la novela naturalista, su esencial ley de estructura, está constituída por la oposición entre realidad de verdad y apariencia, en que la relación debe ser comprendida en tanto cuanto es una oposición cognoscitiva. Conocimiento y error pueden sustituir adecuadamente los términos anteriores. La realidad de verdad es la del conocimiento científico y de la ley natural que experimentalmente se conoce; la apariencia es ilusión engañosa, subjetivismo acientífico, irracionalidad e indeterminación" (1980: 107). La hegemonía del programa impuesto por el código naturalista está dado por los criterios veristas de la novela decimonónica que, en el fondo, influye poderosamente en la configuración del narrador. Hay una plena certeza por la veracidad en la interpretación de la realidad mediante un narrador que asume una conducta edificante y moralizadora y que acentúa, a la vez, el valor documental y de estudio social en la sistematización enunciativa de un discurso sustentado en la doctrina positivista, lejos de toda ilusión subjetiva.

El mundo de la bestia humana es la zona que revela la novela naturalista y Cambaceres no es ajeno a esta realidad. Pues su narrativa despliega segmentos instintivos e irracionales, mórbidos y patológicos que se sostiene en un atavismo prácticamente bárbaro. El principio de convergencia se da a través de la representación de un sector social característico en la vida decimonónica de Argentina: la vida dramática y conflictiva de los inmigrantes.

Los ámbitos por donde discurre el discurso naturalista de Cambaceres corresponde a aquellos lugares de la existencia humana que nos revelan la expresión de un fundamento de la realidad eminentemente nacional, secularizada y "sin rumbo" propio de personajes que arrastran el estigma de la inmigración "en la sangre". Estos personajes pululan como muchedumbre atrapados por el engranaje atávico de la maquinaria naturalista, verdadera piedra rodante que transporta a "la bestia", o sea, son funcionales a los propósitos de la estética en cuestión, pues cada uno de ellos representará un estado de ánimo desde el momento que provienen de un determinismo originario como herencia patológica. En este sentido, la novela es una auténtica experiencia del sentido de lo real que responde a los rasgos predominantes de la novela naturalista.

2.0.- El naturalismo de la generación del 80

La novela moderna en Argentina surge en un momento en que la inmensa mayoría aplaudió la ola de prosperidad material, el auge de los negocios, el crecimiento prodigioso de la capital y el brillo de una vida social que redujo a la nostalgia las costumbres aldeanas. Vale decir, factores de índole económicos, políticos y sociales rodearon el aire cultural de la generación del 80, caracterizada fundamentalmente por el liberalismo y el problema de la inmigración.

Esta generación recepcionó y cultivó los modelos culturales europeos en un momento en que la sociedad argentina evolucionaba hacia formas de vida marcada por el progreso y el cosmopolitismo (Buenos Aires deja de ser considerado como una aldea para convertirse en una ciudad o metrópolis). Por ejemplo, el positivismo se transforma en el gran proyecto literario de los escritores caracterizados en ese momento por su conciencia profesional, fragmentarismo, erudición, xenofobia y humor.

La política inmigratoria despertó en los hombres del 80 una sensibilidad xenófoba frente al inmigrante. Los grupos sociales aristocratizantes salieron en defensa de un estilo de vida nacionalista como una respuesta clasista a la invasión de extranjeros. Sin embargo, la convulsión generacional no estuvo centrada exclusivamente en el tema de la inmigración y el consiguiente nacionalismo, sino que también el liberalismo y la tradición católica aglutinaron la discusión ideológica. Así es como todas estas condiciones, que significaron la transformación de la sociedad argentina en el siglo pasado, especialmente el paso de aldea a ciudad de la metrópolis, incidieron en la llamada "generación del 80".

Esta generación se estructura alrededor de un eje central: servir de testimonio de la realidad inmediata, o sea, convertir la literatura en espejo de la sociedad argentina. Desde este punto de vista, el realismo genérico se adscribe a los códigos naturalistas de acuerdo al auge cientificista que proviene de Europa. Pero, como dice Rusich, el naturalismo de los autores del 80 tiene el propósito de "mantener el status quo y los privilegios de su clase y no la transformación de la sociedad en una sociedad más justa y humana" como lo postulaba Zola. Sin duda que Eugenio Cambaceres fue el fiel exponente de esta línea.

Este sistema literario-cultural juega a favor de la irrupción del género novelesco considerado como signo de madurez de una sociedad que va adquiriendo una fisonomía propia. Por primera vez la novela asume un carácter que le confiere la categoría de género autónomo, es decir, provisto de las condiciones históricas necesarias para desarrollarse estéticamente. Indudablemente que dentro de este sistema del género novelesco opera el influjo europeo de Zola como proyecto literario que da origen a la novela naturalista argentina. El mandato cultural de la época imponía asumir los postulados positivista europeos, especialmente los franceses. De esta forma, se adoptó el naturalismo francés, sin advertir que el programa literario correspondía a otra realidad histórica. Así se explica que las novelas de Eugenio Cambaceres adopten más las técnicas y mecanismos de Zola que sus objetivos fundamentales. En razón con esto, la última novela de este escritor - En la sangre - cumple los preceptos naturalistas en forma estricta de acuerdo a uno de los temas decisivos del momento: la cuestión de los inmigrantes.

2.1.- El tema de la inmigración en Cambaceres

La generación del 80 veía al inmigrante con cierto desprecio y temor. Este sentimiento poco optimista se debía a una política indiscriminada sobre el fenómeno de la inmigración durante la administración de Julio A. Roca (1880-1886) y de Miguel Juárez Celman (1886-1890). En este período llegan italianos y españoles, luego en menor grado franceses, alemanes e ingleses. La mayoría de estos "gringos" se asentó en las grandes ciudades como Buenos Aires y Rosario, dando origen, con el tiempo, a la clase media y al proletariado urbano.

Esta oleada inmigratoria creó enormes dificultades en Buenos Aires, pues la ciudad no estaba preparada para recibirlos, lo que dio lugar a la formación de los conventillos, verdaderos hacinamientos que provocaban las epidemias como la fiebre amarilla y el cólera. Vale decir, se forma una imagen estereotipada del inmigrante con una fuerte carga negativa que los caracterizaba por su brutalidad, avaricia y miseria. Esta visión pesimista originó un sentimiento de xenofobia que coincide con el pensamiento de Cambaceres.

La aspiración fundamental de los inmigrantes era mejorar su condición económica con el propósito de vivir en forma superior al que estaban acostumbrado en su país natal. Esto los llevó a luchar por la vida y el éxito fuera de las normas morales, con presencia de gente corrupta y de modo ajeno a un sentimiento solidario ante la comunidad argentina. La condición de extranjeros generó tensiones entre ellos que finalmente repercutió en los hijos por medio de una ansiedad y nerviosismo que causó estragos en sus vidas. Muchos "gringos" arrastraron a su descendencia por un camino cotidiano del desborde, agotando la existencia moral y sus sueños hasta llegar a la frustración.

Algunos regresaban a Europa desilusionados por la falta de oportunidades, otros retornaban enriquecidos: "los que se iban mostraban una inadaptación o un desinterés por el país que los había acogido; y a este respecto se ha señalado que la participación del inmigrante en la vida política nacional era nula. De hecho, se les invitaba a participar en la vida económica, pero no ocurría lo mismo en la política: los inmigrantes no eran estimulados para nacionalizarse, ni tampoco les resultaba ventajoso, pues conservando su nacionalidad estaban eximidos del servicio militar". Ellos fueron muy reticentes a participar en el proceso político de su nuevo país e incluso a nacionalizarse. Si bien no se incorporaron a la vida política, algunos de ellos traían, entre otras cosas, ideas combativas provenientes del anarquismo y el socialismo, hecho que repercutió en los conflictos sociales de los obreros. Esta situación llevó a que se promulgara la Ley de Residencia que haría posible la expulsión de todo inmigrante indeseable (22 de Noviembre de 1902, durante la segunda administración de Roca). Tuninetti, por otra parte, nos dirá que si bien es cierto los inmigrantes realizaron progresos en sus posiciones sociales y económicas, siguieron excluidos del poder económico que entonces estaba en manos de la élite.

Estos aspectos de la vida del inmigrante y la problemática de su incorporación en la sociedad argentina no fue ajena a la narrativa de Cambaceres. Él no toma partido por el "gringo" en cuanto a su descendencia y posterior herencia. Esto guarda relación con la perspectiva que asume el narrador que se opone a la inmigración europea producto de su baja calidad y porque la juzga desastrosa para el futuro argentino. Por ejemplo, la novela En la sangre nos plantea diversos aspectos relacionados con este problema en el plano de la herencia biológica y moral del "gringo" llegado a Buenos Aires. En general, las obras de este escritor presentan la herencia negativa de esta casta, derivada de una inmigración individual o masiva y considerada socio-culturalmente baja.

Hemilce Cárrega dice que "tal vez la actitud asumida por Cambaceres nacía en él, como en otros hombres del 80, de ciertos desencantos que empañaban la vida pública argentina después de Caseros. Es decir, después de un hecho que había creado expectativa en cuanto a un accionar cuya meta era organizar el país, tomando como base indispensable a las instituciones – el poder de las instituciones – antes que la prepotencia, el despotismo de los mandones de turno y los grupos oportunistas que inevitablemente los rodean". En otras palabras, el inmigrante y su descendencia provocan actitudes inescrupulosas, así como de extravagancias que desembocan en lo ridículo y despreciable. Genaro, el protagonista de En la sangre, es hijo de inmigrante y representa – por ejemplo - la ambición desenfrenada, teñida de una conducta materialista y violenta. Él está sometido al más riguroso determinismo, el fatalismo de su degradación proviene de estas fuerzas inmutables de la naturaleza.

Bibliografía

I.- General

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Cabello Carbonera, Mercedes (1975), "La novela moderna (Estudio filosófico)". En: La novela experimental de Emile Zola, Santiago de Chile, Editorial Nascimento.

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Dorfman, Ariel (1970), Imaginación y violencia en América, Santiago, Editorial Universitaria S. A.

Goic, Cédomil (1980), Historia de la novela hispanoamericana, Santiago, Ediciones Universitarias de Valparaíso.

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Taine, Hipólito (1866), Histoire de la littérature anglaise, Introduction (Trad.: Historia de la literatura inglesa. Introducción. Traducido por José de Caso).

Zola, Emile (1975), La novela experimental, Santiago de Chile, Editorial Nascimento.

Zola, Emile (1989), El naturalismo, Barcelona, Ediciones Península.

II.- Específica

Apter Cragnolino, Aída (1989), "Ortodoxia naturalista, inmigración y racismo en ‘En la sangre’ de Eugenio Cambaceres". Cuadernos Americanos.

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Cambaceres, Eugenio (1968), En la sangre, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

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Rusich, Luciano G. (1983), El inmigrante italiano en la novela argentina del 80. Chasqui.

Tuninetti, Angel T. (1995), "Sexo, sangre y naturalismo" en En la sangre de Eugenio Cambaceres. Delivered at the 1995 meeting of the Latin American Studies Association, The Sheraton Washington, USA.

III.- Revistas

La historia de la literatura argentina. Adolfo Prieto, Capítulo 19: La generación del 80: las ideas y el ensayo. Capítulo 20: La generación del 80: la imaginación. Capítulo 22: El naturalismo y el ciclo de la Bolsa. En: Buenos Aires, 1967, Centro Editor de América Latina.

Schade, George D., El arte narrativo en Sin Rumbo. En: Revista Iberoamericana, Nº 102-103, Enero-Junio de 1978, Vol. XLIV, Universidad de Pittsburgh.

Marun, Gioconda, "Relectura de Sin Rumbo: Floración de la novela moderna". En: Revista Iberoamericana, Nº 135-136, Abril- Septiembre de 1986, Vol. LII, Universidad de Pittsburgh.

En la sangre - Eugenio Cambaceres- complementos 5


Fernando Ainsa

Entre Babel y la Tierra Prometida. Narrativa e inmigración en la Argentina

La inmigración en el proyecto argentino
El mito babilónico
El discurso xenófobo y tradicionalista
Virtudes del inmigrante y literatura popular
El mito de la tierra prometida
El brío de la juventud americana
Y el mito continúa

Pocas literaturas han reflejado mejor el variado aporte inmigratorio a la identidad cultural nacional y las diferentes actitudes que ha ido generando en el cuerpo social colectivo que la prosa narrativa histórica argentina. Las relaciones entre “memoria e historia” poseen en el caso de la Argentina una compleja articulación y han generado una creciente “conciencia histórica de grupo”, cuyos jalones más notorios vale la pena recapitular en la sugerente perspectiva de futuros estudios. Proponemos a continuación, un repaso a los hitos más significativos de una narrativa que ha hecho historia en la medida misma que la inmigración le ha procurado el tema de su intensa movilidad.

La inmigración en el proyecto argentino

Desde los orígenes de la nación independiente argentina se plantea el interés de que se traigan “sabios y artistas” de todos los países, como le pide Mariano Moreno a Manuel Aniceto Padilla en las instrucciones del 9 setiembre de 1810 y reitera después Rivadavia con la ley de enfiteusis y la instalación de la primera colonia de inmigrantes en San Pedro en 1825.
Sin embargo, es con la Constitución de 1853 que la política inmigratoria adquiere una verdadera dimensión nacional. La necesidad de aumentar la población argentina se proclamó en el Preámbulo y se consagró explícitamente en el Artículo 25:
El gobierno federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir las ciencias y las artes1.
La intención del constituyente es clara. Se trataba de estimular la llegada al país de inmigrantes “calificados”. Razones culturales y geográficas, por no decir raciales, llevaban a preferir los de origen europeo. La iniciativa no era filantrópica, sino que se inscribía en un plan elaborado de población y ocupación del territorio. Había que llenar el vacío humano de un espacio de fronteras vulnerables. Hacia el norte, para marcar con nitidez la diferencia entre una Argentina que aspiraba a ser europeizada y una indo-américa a la que se percibía como esencialmente diferente y cuyos límites debían fijarse con la misma intensidad con la que hacia el sur y el oeste se rechazaba (cuando no se exterminaba) a las poblaciones indígenas.
La doble vocación de la política inmigratoria era, pues, congruente en el espíritu del legislador. Por un lado, se trataba de poblar un territorio para consolidar una nación, fijando con claridad sus fronteras y, al mismo tiempo, el proyecto tenía un explícito propósito civilizador. La inmigración debería erradicar la barbarie gaucha, proceso que suponía “desespañolizar” para europeizar. Italia formaba parte del proyecto. Por ello, cuando Sarmiento viaja a Europa afirma en forma reverencial: “Necesito educarme en Italia (....) para hablar de bellas artes y de teatros”2.
Sarmiento no tenía dudas. No “hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América”, y entre los pueblos de este continente, sólo la Argentina está llamada “a recibir la población europea que desborda como el líquido de un vaso”. El único modo de transformar el desierto americano en una tierra feraz era poblándolo con laboriosos inmigrantes.
Juan Bautista Alberdi parte de un esquema similar: “El terreno es la peste de América, como lo es en Europa su carencia”, “hay que escapar de la soledad; poblar nuestro mundo solitario”; para lo que propone una inmigración “civilizada”, cuyas virtudes ensalza:
Cada europeo que viene, nos trae más civilización en sus hábitos, que luego comunica en estos países, que el mejor libro de filosofía (......) ¿Queremos que los hábitos de orden y de industria prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente estos hábitos. Ellos son pegajosos : al lado del industrial europeo, pronto se forma el industrial americano 3.
Apenas sancionada la constitución de 1853, llegan a la Argentina los primeros inmigrantes. El proceso se acelera en los años sucesivos, al punto de que en menos de veinte años (entre 1889 y 1909) la población de Buenos Aires se duplicó. En cinco años (1886-1890) entraron a la Argentina 591.383 inmigrantes. En 1895 un 34% de la población total estaba constituida por extranjeros, concentrados en su mayoría en la capital y en las ciudades del litoral. Entre 1901 y 1910 llegan a la Argentina 1.120.200 inmigrantes, siendo l906 el año record con 302.200. Las nacionalidades de origen son muy diversas, pero la proporción de italianos es la más importante. De 1890 a 1909 ingresan al país 506.577 italianos de los cuales más de 190 mil se quedan en Buenos Aires y la zona de la Capital Federal 4.
Para tener una idea de la importancia del fenómeno argentino en el contexto americano es interesante anotar que, entre l824 y l924, cincuenta y dos millones de personas dejaron Europa, de los cuales el 93% vinieron a América (un 72% a los Estados Unidos y un 21% a América Latina) y el 7% restante se fue a Australia. De los once millones que emigran a América Latina, más del 50% es absorbido por un solo país -la Argentina- un 36% por el Brasil, un 5% por el Uruguay, y el 9% restante se reparte entre los otros paises del hemisferio 5.

El mito babilónico

Con la inmigración masiva, la actitud de los dirigentes cambia. Tanto Sarmiento como Alberdi no tardaron en comprobar que los inmigrantes que llegaban a la Argentina no eran los calificados e idealizados trabajadores que se esperaba. No todos eran alfabetizados industriosos y la mayoría provenía de las regiones más pobres del sur de Europa. Por otra parte, entre la enorme masa inmigratoria- como señala Gladys S.Onega - “llegan líderes obreros expulsados de sus países por cuestiones sociales y obreros entrenados en la lucha de clases 6.” Con la emigración irrumpen ideas nuevas (socialismo y anarquismo) y reivindicaciones sociales derrotadas en Europa que se reiteran esperanzadamente en América. La inmigración proyectada no tiene nada que ver con la realidad a la que deben hacer frente los dirigentes políticos. El inmigrante deja de ser una esperanza, para ser una amenaza.
Poblar se convierte en sinónimo de “corromper“. En la alegoría Peregrinación de Luz del Día, Alberdi ironiza:
Gobernar es poblar...pero cuando se le puebla con inmigrantes laboriosos, honestos, inteligentes y civilizados; es decir, educados. Pero poblar es apestar, corromper, embrutecer, empobrecer el suelo más rico y más salubre, cuando se lo puebla con inmigraciones de la Europa más atrasada y corrompida 7.
No todo lo que es europeo es civilizado. Europa abriga “millares de salvajes y bribones de peor tipo que los peores indígenas de América.“ Las Pampas - en resumen - están en París; la Patagonia en Londres. Alberdi entiende que la inmigración que educa y civiliza no es espontánea en los países nuevos y que debe ser, por lo tanto, elegida. “La población civilizada y libre no emigra espontáneamente sino a países libres y civilizados, ricos y seguros.” En forma más radical editorializa en 1887:
Lo más atrasado de Europa, los campesinos y gente ligera de las ciudades, es lo primero que emigra. Véalo en el desembarcadero....8.
Para Alberdi la conclusión es obvia: “Nadie que vale algo emigra para empeorar su condición”. Por otra parte, a causa de los latifundios y pese a la ley de enfiteusis, los inmigrantes se quedan en su gran mayoría en las grandes ciudades como Buenos Aires, Santa Fe y Rosario. En otros casos, simplemente decepcionados por las dificultades de implantación en el campo, abandonan la agricultura y se instalan en los suburbios urbanos, provocando la reacción de Alberdi: “El arte de poblar no es poblar lo que está poblado“, sino “lo que está desierto.”
El mito civilizador cede rápidamente al mito babilónico. La ciudad de Buenos Aires son “las puertas de Babel” que novelará años después Héctor Pedro Blomberg 9. La desordenada realidad ciudadana, deroga el proyecto utópico. Como titula significativamente Mateo Booz una de sus novelas: La ciudad cambió de voz. El inmigrante sigue siendo extranjero, no hay “transustanciación” - lo que hoy llamaríamos transculturación -pues “cada uno queda lo que fue”. Esta realidad inesperada provoca reacciones encontradas y, en cierto modo, complementarias.
- Por un lado, se idealiza el pasado americano que ya no existe, especie de Edad de Oro de un mundo gauchesco al que se le otorgan retroactivamente las virtudes que se le habían negado en su tiempo.
- Por el otro, se rechaza en forma xenófoba, cuando no racista, la vasta masa inmigratoria extranjera que ha llegado al país.
Si la primera se traduce en una literatura que ensalza hasta llegar al estereotipo las virtudes de un gaucho legendario y de la cual Martín Fierro de José Hernández es su ejemplo paradigmático, la segunda noveliza los males de la inmigración en las obras de Eugenio Cambaceres y en La Bolsa de Julián Martel. El italiano cuando no es perezoso, es punga como en Pot-pourri. En la sangre (1897) Cambaceres va aún más lejos. Genaro es argentino, pero como hijo de inmigrante italiano prolonga en su herencia biológica, psicológica y cultural, las taras y la amoralidad de sus padres.
El discurso xenófobo y tradicionalista
Las virtudes originales que se adjudicaban al inmigrante se han transformado en su opuesto. Atraso y brutalidad, avaricia e ignorancia, sustituyen al esperanzado papel civilizador europeo. El extranjero -afirma Martel10- ha contagiado un culpable egoísmo importado “¡A nosotros, los argentinos!”. La reacción es, incluso, violenta como refleja Juan Antonio Argerich en Inocentes o culpables (1884):
En mi obra me opongo franca y decididamente a la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la República Argentina 11.
Influido por el naturalismo de Zola, Argerich afirma haber estudiado “una familia de inmigrantes italianos”. Su protagonista, el fondero Giuseppe Dagiore, aparece como un avaro que piensa en “mucho dinero, dinero y nada más”, porque “su hambre de oro no expresaba ningún deseo, era la animalidad descarnada del avaro”. Las descripciones lombrosianas sobre Dagiore se acumulan: “raza cretina de la avaricia por la avaricia“ (p.24), “frente pequeña y deprimida” (p.9), “pecho ancho y exuberante de vegetación cerdosa” (p.9), “sonrisa de bestia” (p.8) en una trama que incluye brutalidad, locura, degeneración, alcoholismo, adulterio, suicidios y muertes. Esta pretendida “condición inferior” del inmigrante se transmite a los descendientes. “De padres mal conformados y de frente deprimida”, no puede surgir “una generación inteligente y apta para la libertad”, asegura Argerich. Por lo tanto, el hijo de inmigrante, engendrado en una noche de borrachera por un hombre avaricioso y cansado de la dura faena del día, tendrá su cerebro endeble, carecerá de inteligencia, será víctima de la sífilis y terminará en el suicidio.
La xenofobia ante-italiana se reitera en Charlo Lanza (1890) de Eduardo Gutiérrez, donde se cuenta la vida de un aventurero que ha realizado su sueño de emigrar a América: “¡ El en América, realizando su sueño dorado de inmensas riquezas!”.
Aquella imaginación febril y activa se trazaba los mayores planes de riquezas, los negocios más fabulosos y enredados, cuyo resultado era siempre una fortuna inmensa y una posición respetable y fabulosa 12.
Al darse cuenta que no es verdad que “no había más que venir a América y recoger las onzas de oro que andaban tiradas por las calle” 13, Carlo Lanza se dedica a estafar a sus compatriotas y llega a acumular una fortuna. La novela se convierte en testimonio de la “falacia del espejismo de riquezas y prosperidad de América en los años 80”. En Lanza, el gran banquero (1890), el mismo Gutiérrez narra el retorno triunfante de Lanza a Italia, pero lo hace para derrotarlo progresivamente en su propio medio. En Italia, Lanza pierde todo lo que ha ganado en América, parábola de tristes referentes.
El discurso nacionalista que refleja la narrativa de la época se apoya en el tradicionalismo todavía imperante en las campañas del interior del país, “donde están refugiadas las viejas pautas patriarcales deseables en el presente”, como escribe nostálgicamente Miguel Cané, alarmado por “la desaparición de los viejos y sólidos hogares” y por el hecho de que “los sirvientes inmigrantes son ladrones y se visten como “nosotros mismos” 14. Las virtudes del pasado encarnan una generosidad que la riqueza avaramente acumulada por los inmigrantes ha desterrado. Por su parte, Miguel Cané (padre) cuando viaja a Italia resalta la pobreza y la presencia de mendigos y pordioseros en Civitavecchia: “Se diría un enjambre de hormigas esparcido sobre el territorio romano”. Estamos aquí lejos del viaje de formación cultural de Sarmiento a Italia, evocado más arriba.
Si Lucio Vicente López se lamenta en La gran aldea que “el aristocrático comercio al menudeo de la colonia” ha cedido a “las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local”, Francisco Grandmontagne explica en Los inmigrantes prósperos como “los inmigrantes que llegaban a la Argentina sin más bienes de fortuna que los caminos y las estrellas, se tornan al poco tiempo altivos y soberbios”, es decir como pasan de “proletarios a propietarios”, lo que considera parte de “la grandeza de América”: poder dar soberbia a los que jamás pudieron tenerla en Europa 15.
Las reacciones políticas no tardan en llegar. En 1903 se sanciona la Ley de Residencia en la que se subraya “el peligro de ciertos elementos exóticos”, incorporados a la población y “amparados ilimitadamente por las leyes vigentes relativas al extranjero”, por lo que se hace necesario “excluir del territorio nacional a los extranjeros que sólo traen a él propósitos de perturbación o conmoción social”. La ley se completa en 1910 con la Ley de Defensa social, textos que parecen dar una tardía razón a Miguelín, personaje de La Bolsa, cuando exclama:
Todo lo que no tiene cabida en el viejo mundo, viene a guarecerse y medrar entre nosotros. El gobierno debería ocuparse de seleccionar 16.
No faltan en esta narrativa los irónicos comentarios sobre los menospreciativos señoritos porteños, ociosos y aristocratizantes, que critican la invasión de gringos, bachichas y gallegos y la irrupción en la sociedad de “apellidos que están oliendo a cebolla o a liencillo”, como escribe Fray Mocho en sus Cuentos.
La antinomia inmigrante/criollo se polariza al punto de que Silverio Dominguez, “Ceferino de la Calle”, titula una de sus novelas Palomas y gavilanes (1886), la historia de un par de emigrantes de origen italiano -los gavilanes- seduciendo por interés económico a inocentes criollas -“las palomas”. Sin embargo, Carlos María Ocantos reconoce en Promisión (1897) la capacidad de trabajo y el tesón de quienes, si bien buscan un fácil El Dorado, lo encuentran sólo a través de la perseverancia y el esfuerzo sacrificado. Por ello, exclama:
¡Qué país! ¡Qué país!. Aquí todos comen y respiran al aire libre y van medrando y éste se hace propietario, el otro pobre bracero en su aldea, se convierte en señor de coche y palco....17.
Virtudes del inmigrante y literatura popular
Al mismo tiempo, la literatura popular describe con simpatía las virtudes del inmigrante en un tono entre costumbrista y realista. Comidas sencillas y cantos alegres, el pintoresco griterío de “conventillos” y barrios modestos, el sentido de la familia, la capacidad de adaptación y de trabajo, pasan a ser los nuevos tópicos de una identidad argentina que integra a su tipología los frutos de la inmigración masiva. El lenguaje refleja esta carga ambivalente de afecto conmiserativo, menosprecio o celos, según las circunstancias, con que se bautiza al inmigrante: “gallego”, “ruso”, “judío”, “gringo” o “bachicha” para el italiano18.
En ese momento, se va comprendiendo la inevitable convivencia social entre criollos y gringos, entre “paisanaje y gringaje”, como representa pocos años después Roberto J.Payró en El casamiento de Laucha, la historia de la pobre inmigrante italiana Carolina burlada por un criollo. El mundo de Payró, especialmente en Pago Chico refleja la compleja composición étnica de la Argentina, representado arquetípicamente en un pequeño pueblo donde abundan los italianos (la “Sapateria espacio de Bebida”, el Café Cármine, el Doctor Fillipini) y los “bolicheros” y repartidores gallegos. Con realismo crudo -y sin dejar lugar a la ilusión del destino americano- en el relato “Inmigrantes a bordo” el mismo Payró narra la forma en que viajaban los emigrantes:
Mi pasaje de tercera me dio un sitio entre cuatrocientas cincuenta pobres diablos como yo, que llenan el entrepuente convirtiéndolo en una especie de plaza de aldea en día de mercado, pero sin aire, ni luz, ni alegría. Está rebosando de hombres, mujeres, niños, en revuelta confusión, que hablan todos los idiomas, exhalan todos los olores, visten todos los harapos...No te puedes imaginar lo que una persona medianamente educada, por mucho que sea la amplitud de su espíritu, padece en lo físico y lo moral durante uno de estos viajes dolorosos y deprimentes 19.
El mito de la tierra prometida
Detrás de la narrativa de contenido realista y social, cuando no pintoresco o costumbrista, se va delineando, sin embargo, el mito de la Tierra Prometida americana. Gracias a la intensidad de su proyección puede comprenderse la asimilación, integración y transculturación cultural operada en la sociedad argentina.
El mito es movilizador en el origen de la decisión de emigrar y creador de una tensión utópica positiva en el proceso de fundación del nuevo territorio. En efecto, el mito permite que la vida apretujada y miserable de los inmigrantes en el barco que los transporta a América -en la novela Pasajeros de tercera de Juan Francisco Caldiz- se alimente de la esperanza de la llegada a la Tierra Prometida. Verdadero “conventillo flotante”, la travesía hecha de hacinamiento y escasez, se soporta gracias a la intensidad del anhelo proyectado en el Nuevo Mundo.
El mito permite igualmente que “el gallego ascienda a banquero” 20, como novela Francisco Grandmontagne en Teodoro Foronda (1896) una obra que traza el recorrido social de un inmigrante español, pautado por el esfuerzo, las dificultades y el triunfo económico. Subtitulada “Evoluciones de la sociedad argentina” y situada en 1866, esta novela documenta -como otras del género- la inserción de la inmigración en el período constitutivo de la nacionalidad. Teodoro Foronda empieza su fortuna a través del trabajo tenaz y empeñado en un gran almacén, donde se amontonan objetos de toda índole (de zapatos a ferretería, pasando por pan y artículos de construcción), llamado alusivamente La Babilonia.
Del mismo modo, pero esta vez alrededor de un inmigrante italiano, Adolfo Saldías narra en Bianchetto, la patria del trabajo las vicisitudes de los viajes en barco entre Italia y América: hacinamiento, “confusión brutal” de sexos y edades, “desaseo y miasmas”, comidas “en el suelo”. Pero la esperanza americana hace soportable el viaje y todo se transforma en ilusión en el momento del desembarco.
Más explicitado, el mito reaparece con sus bíblicas connotaciones en Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff. Si Israel, “Canaán”, fue la tierra prometida que salvó al pueblo judío de las persecuciones del Faraón de Egipto, América -Nueva Jerusalén aludida en muchos de los textos de la emigración- anuncia un nuevo Génesis para la humanidad perseguida.
La constante del mito de la Tierra Prometida está presente directa o indirectamente en la narrativa del tema de la inmigración del 80, pero el reflejo de la complejidad de la realidad, más allá de toda simplificación antinómica, aparece particularmente realzado en algunas novelas del siglo XX Puerto América (1942) de Luis María Albamonte y de Hacer la América (1984) de Pedro Orgambide.
El brío de la juventud americana
En Puerto América (1942) de Luis María Albamonte21, se narra la historia de Luigi Pietra, emigrante italiano que decide un día:
¡Dejar la casa hecha piedra sobre piedra por los abuelos de mis abuelos. Dejar mis hermanas, mi padre, mi madre. Dejarlos en la puerta del chiquero, en las callecitas miserables, miserables para toda la eternidad. Dejarlos prisioneros de esa vida oscura y pobre para siempre, mientras yo....! (p.13).
Las raíces de “cinco mil años” que lo adhieren al “suelo adorable” son rotas “de un zarpazo”. Se trata de “hacer la América” y para ello hay que emigrar a las antípodas (“¡Decir que ahí debajo hay otro mundo!”). En su decisión de emigrar la fuerza proviene de la proyección mítica del nuevo territorio:
-¡América! ¡Si usted supiera cómo se sueña en mi aldea con partir!.......Mis paisanos sólo viven para salir un día.... aunque se mueran en el mismo lugar en que nacieron (p.14)
Aunque se proponga volver después de “hacer la América”, Luigi, como buena parte de los inmigrantes termina siendo “constructor de América”.
Si se puede hablar de una Tierra Prometida de sustrato bíblico en la obra de Luis María Albamonte, debe también hacerse referencia a una Jauja, suelo pródigo y abundante, propiciando el mínimo esfuerzo, permitiendo imaginar que es posible “hacer la América” sin mayores dificultades, todo ello asegurado por la “juventud” del Nuevo Mundo. La representación de América es la de “una tierra grande, muy grande” (p.14), especie de Jauja donde se “arrojan los cigarrillos por la mitad”, la gente “está aburrida de comer carne” y donde “cualquiera tiene varios trajes nuevos” (p.14). En resumen: “la vida comenzará el día que lleguemos a América....” (p.52).
Sin embargo al llegar a Buenos Aires no tarda en comprender que “hay que luchar”, “trabajar como burros”, “sufrir”, porque :
Es mentira que aquí se encuentre la plata en la calle y que no hay más que salir con palas a recogerla (p.72).
Se descubre, no sin asombro, que el reino de los “elegidos”, de los que realmente “hacen la América” es de unos pocos. Son muchos los que no hacen la América y que saben que no la harán más, conforme a “un sentido misterioso que nadie conoce” (p.232).
Un modo de salvarse es la de instalar un restaurante de comidas italianas. Curiosamente, a través de la cocina, pueden conciliarse el Paraíso perdido y la Tierra Prometida:
-Y, usted sabe. Un restaurante al “uso nostro” es un pedazo de Italia aquí. Los italianos necesitamos de aquello. El vino, las salsas, las pastas, los quesos de pecora, los higos trenzados. ¿Me comprende?.
-¡Sí, es transportar el terruño a través del océano! (p.209).
La metáfora se amplía. Cuando la cantina se edifica, “era América que crecía”. El restaurante es “América en marcha”, porque “América es otra gran cantina que da de comer a todos”. La cantina es la América de él. Por esta razón, la bautiza con el nombre de Puerto América, símbolo que Albamonte proyecta en el título de la novela.
Como en otras novelas del género, es la descendencia “criolla” la que procura el arraigo definitivo. Cuando Luigi tiene un hijo, se descubre sorprendido como “hasta el presente ha vivido sin echar raíces conscientes en América” (p.252) y reconoce que “América ha hecho a mi hijo”. A partir de ese momento “todo lo que piensa es para América”. Como sugiere Germán García en un trabajo crítico sobre el tema:
Queriendo “hacer la América”, estos inmigrantes, laboriosos como las abejas, tenaces, ahorrativos, endurecidos consigo mismos, pueden ser en realidad los constructores de América 22.
En efecto, Luigi, ya convertido en Luis :
Siente el súbito deseo de dejarse caer, lejos, en una campiña solitaria, y estirado con los brazos abiertos, la espalda en la tierra grávida y perfumada, dormir profundamente (p.266).
En esta comunión con la tierra y el cielo, Albamonte vincula la integración de Luigi en el suelo de su patria de adopción, con el final del periplo iniciático de Raucho de Ricardo Güiraldes, episodio que parodiará Persio, protagonista de Los premios de Julio Cortázar: acostarse en la pampa bajo un cielo estrellado con los brazos en cruz “sobre su tierra de siempre.”
Y el mito continúa
El mito de la Tierra Prometida no termina con la esperanzada integración pregonada por Albamonte y reaparece tenazmente en otras novelas sobre el tema de la inmigración, rastreo temático que llega hasta hoy en día. Algunos títulos son representativos. En Hacer la América. Autobiografía de un inmigrante español en la Argentina de J.F. Marsal, se reitera el tópico de Buenos Aires como “meta” de la inmigración y “punto de partida” de la fortuna americana. En Cuerpo a cuerpo (1979) de David Viñas, las referencias a los mitos constitutivos de la nacionalidad forjados a través de la condición “babilónica” de Buenos Aires, constituyen el eje de una obra compleja y sugerente. Del mismo modo que en Nada que perder de Andrés Rivera y en El frutero de los ojos radiantes (1984) de Nicolás Carullo, reaparece la constante de Argentina como Tierra Prometida. En la documentada saga Santo Oficio de la memoria (1991-1997), Mempo Giardinelli reconstruye la historia familiar de los Domeniconelle a través de los fragmentos de la memoria individual y colectiva que va conformando el tejido social en el cual puede reconocerse finalmente la Argentina. Su esfuerzo, en la medida en que rastrea una copiosa documentación, es el más ambicioso que se ha realizado en la narrativa para reflejar en un vasto fresco colectivo la compleja sociedad de un país, donde el componente aluvional inmigratorio no desdibuja, sino que, por el contrario, enriquece culturalmente el país y le otorga su más genuina identidad. Por ello es, tal vez, la novela que mejor serviría para un estudio detallado de la relación entre “memoria e historia”. Dejamos abierta la sugerencia a otros posibles investigaciones futuras.
En Hacer la América (1984), Pedro Orgambide 23 abre el abanico de la integración socio-cultural a otros orígenes inmigratorios. A través del rastreo de la vida de sus cuatro abuelos, cuyas raíces italianas, españolas, criollas y judías de origen ruso, sintetizan la nación argentina contemporánea, Orgambide propone el calidoscopio de sueños, esperanzas, frustraciones y pequeñas traiciones y miserias cotidianas en que el mito se ensalza y degrada. En esta “saga” familiar se ficcionalizan las sucesivas etapas del proyecto de integración nacional, desde la apertura inicial a la Ley de Residencia y de las diversas culturas del origen hasta la síntesis de los cuatro apellidos paterno y materno en una sola persona.
“El oro flota en el aire”, se dice alborozado el inmigrante italiano Enzo Bertotti al desembarcar en Buenos Aires en la primera página de la novela. “Hay que extender la mano y agarrarlo” (p.7), se repite, convencido de que la Tierra Prometida es, antes que nada, la Jauja de los sueños de los hambrientos campesinos europeos. Pero si otros inmigrantes no lo ven o sospechan que “el oro huye en el viento del sur”, porque “es una nube de luciérnagas”, todos se convencen de que “hacer la América” supone, sobre todo, trabajar duramente en ese país situado en “el culo del mundo” (p.8).
Pero si el judío David Burtfichtz llega buscando también un porvenir -“una patria, quizá”- el gallego Manuel Londeiro comprende rápidamente que el trabajo solo no basta. Es necesario cambiar la sociedad que tolera la explotación del hombre por el hombre. Y para ello hay que empezar por enfrentarse al cerrado nacionalismo xenófobo de quienes afirman: “Si yo fuera Presidente, los echaba a todos del país”, “Por algo los largaron de sus patrias” (p.39), o el temido: “Yo les metía bala.... Pa que aprendan” (p.193), porque:
Todos ustedes son iguales, todos la misma mierda. Vienen a matarse el hambre a la Argentina y después hacen líos, se portan como delincuentes. Así agradecen, puros maulas, nada más que basura (p.75).
Sin embargo, para intentar cambiar la sociedad no se puede “trasladar mecánicamente la experiencia de Europa” (p.87). Al “gran universo plebeyo”, donde se amalgaman indios, gauchos e inmigrantes, le falta la palabra y saber qué hacer con ella. Porque, en realidad, “cada uno hace la América como quiere o como puede” (p.204), porque “cada uno sueña lo que puede” (p.303).
Unos trabajan con “obstinación”-como el italiano Enzo- porque sienten que el oro sigue estando “en el aire”, otros luchan para encontrar la palabra justa y utilizarla adecuadamente -como hace Londeiro- aunque reciba insultos y golpes, otros -como los Burtfichtz- reproducen en el barrio porteño en que viven la atmósfera y las costumbres del ghetto de Rusia y Polonia. Pero todos -como canta el payador “el negro Sabino”:
Argentinos, italianos
gallegos, turcos, judíos,
hacen bien juntos el nido
porque todos son hermanos (p.184).
Una forma de convencerse alegóricamente de que: “Ayer fue el porvenir y no nos dimos cuenta”, verdadera metáfora de un país cuyo proyecto inicial de poblamiento y desarrollo parece hoy tan lejano en el tiempo como desmedido en su ambición, pero en el cual Italia tiene una importancia fundacional indiscutible.
Notes
[1] Citado por Gladys S.Onega, La inmigración en la literatura argentina (1880-1910); Cedal, 1982; p.9.
[2] Fragmento de los Viajes de D.F.Sarmiento, tomo I. Hachette, BA, 1955; p.239 - 253.
[3] Juan Bautista Alberdi, Obras completas, Tomo III, p.88.
[4] L.Russich, en El inmigrante italiano en la novela argentina del 80, (Madrid,Playor, 1974) ofrece detalladas estadísticas por nacionalidades.
[5] Datos extraídos de "La inmigración desde mediados del siglo XlX; una nueva América Latina por Magnus Morner, revista Culturas, (Vol. 5-Nº 3, UNESCO, París, l978, p. 6O). Aun simple o motivada ingenuamente, la función de la utopía es particularmente significativa en la consolidación nacional de Estados Unidos, Argentina ,Brasil y Uruguay y, más recientemente, Venezuela.
[6] Onega, opus.cit., p.14
[7] J.B.Alberdi, Peregrinación de Luz del Día; Cedal; B.A.1983, p.27. Capítulo significativamente titulado "Casos en que poblar es asolar".
[8] El Diario, Buenos Aires, 12 de setiembre 1887.
[9] Los temas de la ciudad como amalgama étnica son abordados por autores como Héctor Pedro Blomberg en Las puertas de Babel, Enrique González Tuñón y Juan Palazzo.
[10] Julián Martel, La Bolsa, Kraft, B.A. 1956, p.95
[11] Antonio Argerich, Inocente o culpable, Biblioteca "La tradición argentina", Buenos Aires, 1933, p.4
[12] Eduardo Gutiérrez, Carlo Lanza, Ivaldi/Checchi Editores, Buenos Aires, 1890, p.13
[13] idem, p.10
[14] Miguel Cané, Prosa Ligera, citado por Onega, opus.cit.p.53.
[15] Francisco Grandmontagne, Los inmigrantes prósperos, Aguilar, Madrid, 1933, p.373.
[16] La Bolsa, op.cit.,.pag.26
[17] Carlos María Ocantos, Promisión, BA.1914, p.74.
[18] En este contexto, Mateo Booz narra como La ciudad cambió de voz”, y aborda el tema de los "turcos" inmigrantes en La tierra del agua y del sol.
[19] Roberto J.Payró, Inmigrantes a bordo, relato incluido en Violines y toneles, Capítulo, CEDAL, B.A. 1968, p.58.
[20] Germán García, La novela argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 1952, p.81. El mismo García es autor de El inmigrante en la novela argentina, (Hachette, B.A.1970).
[21] Luis María Albamonte, Puerto América, Club del Libro, Amigos del Libro Americano, Buenos Aires, 1942. Las citas del texto corresponden a esta edición.
[22] García, op.cit.p.201.
[23] Pedro Orgambide, Hacer la América, Bruguera Argentina, B.A. 1984. Todas las

viernes, 12 de septiembre de 2008

El Martín Fierro, de José Hernández

Acá tienen los trabajos sobre el texto "¿Tradición o tradiciones?" y "Todos somos Juan Moreira", de Pedro Orgambide. Vayan mirándolos.

domingo, 24 de agosto de 2008

El Martín Fierro, corrección de control




1.








La imagen reproduce un cuadro del pintor Mario Zavattaro (nacido en Italia y
muerto en Buenos Aires en 1932): "Payador en la pulpería"

Los indios: mirada radicalmente distinta entre la Ida y la Vuelta. Contactos y miradas sobre los indios en la Ida: la experiencia de Fierro en la frontera y el reconocimiento de la valentía, de la resistencia al dolor, de la destreza con las armas y de la ferocidad de los indios en el combate. Denuncia de que los indios podían destruir todo porque los militares encargados de los fortines usaban a los soldados como una suerte de mano de obra esclava para sus chacras. Martín Fierro mata a algunos en ciertos enfrentamientos. Al final de la Ida, Fierro y Cruz hacen el proyecto de irse a vivir en tierra de indios; esperan no tener que trabajar, vivir del fruto de lo robado en los malones y evitar las injusticias del mundo "blanco"

En la Vuelta, es esencial mencionar el contraste entre la expectativa del final de la Ida y la realidad que encuentran: los indios están descriptos como absolutamente "otros" (recuerden Todorov y su texto sobre los conquistadores españoles): la descripción de su idioma -es un "lengüeteo"- de sus costumbres -"aquellos brutos", etc., aparece llena de expresiones peyorativas. Las acciones de los indios los muestran matando, emborrachándose, haciendo trabajar a las mujeres, realizando brujerías atroces...

2. Los gringos: en general, se los ve despectivamente, sobre todo a los italianos, por cobardes y torpes para las tareas del campo. Mencionar: al gringo del organito que llora cuando se lo vienen a llevar a la frontera, al inglés que cavaba zanjas. En la frontera, el gringo -italiano- centinela responde a las características estereotipadas ya mencionadas: por estar ebrio, se asusta y casi provoca la muerte de Fierro disparándole como a un enemigo. Fierro se pregunta por qué el Gobierno manda a la frontera a estos gringos.

Es a un gringo a quien Picardía despoja fácilmente de su dinero en la Vuelta.

3. Los negros: anacrónicamente, podríamos decir que Martín Fierro es racista: recuerden la provocación a la negra y a su pareja en la pulpería, a través de chistes y de la copla "A los blancos hizo Dios..."; el posterior asesinato del negro. En la Vuelta, el duelo de payada con el "moreno" sustituye al duelo a cuchillo que habría debido tener lugar, si Martín Fierro conservara sus características de la Ida. De todos modos, aunque es un duelo más civilizado, Martín Fierro -el blanco- gana y se muestra como superior al negro en la forma de tratarlo (éste lo trata de "usted" mientras que Fierro lo hace de "vos").

4. La ley: figuras negativas de autoridad. En la Ida, las falsas promesas que recibe Fierro del juez, acerca de que en seis meses serán relevados de la frontera (lo dejan tres años). Militares corruptos que hacían trabajar a los soldados en sus chacras y no en la vigilancia de las fronteras o en la lucha contra "el infiel". La vida del soldado en el fortín está mostrada como un infierno de hambre, frío, peligros, corrupción (no les pagan casi nunca, o con mucho atraso. Cuando Fierro vuelve de la frontera, entre el juez y otras autoridades, se habían arreglado para quedarse con su campo, su hacienda, etc. Miren cómo se justifica Martín Fierro, antes de payar con el moreno, por los asesinatos que cometió.

Mencionar la experiencia del hijo mayor de Fierro en la Penintenciaría (similitudes con el destino de Fierro en la frontera), del hijo segundo, a quien el juez le otorga como tutor al Viejo Vizcacha, personaje marginal en todo sentido y de Picardía, que también ha sido obligado a servir en la frontera y fue testigo de diversos episodios de corrupción.

Picardía ha vivido del delito (haciendo trampas en el juego); denuncia que la policía, en vez de perseguir a los delincuentes; denuncia presiones y diversos delitos cometidos por las autoridades en los tiempos de elecciones.

Mencionar las transgresiones a la ley en que consisten los asesinatos que protagoniza Fierro: el negro, el gaucho en la pulpería. Idem, la conducta de Cruz cuando se pasa al lado de Fierro.

5. La vida familiar: "Antes" de la frontera, aparece también idealizada: el gaucho tenía su rancho, su mujer y sus hijos y vivía en toda tranquilidad. La ida forzosa a la frontera provoca que Fierro abandone a su familia. Cuando vuelve después de desertar del ejército, se entera de que su mujer se fue con otro -frente a lo cual se muestra comprensivo, por la situación de indigencia en que ella había quedado- y de que los hijos también partieron; se lamenta por ellos y pide una bendición a Dios pero no emprende su búsqueda. En la Vuelta, Fierro dice extrañar a su mujer y a sus hijos, luego de la muerte de Cruz.

6. La amistad: su valoración opaca la de la ley. El policía Cruz valora mucho más la valentía y el coraje de Fierro que el concepto abstracto de "ley" que le pide detenerlo (describir el encuentro Fierro/Cruz). Similitudes entre las vidas de Fierro y de Cruz que facilitan la amistad (ver cantos X a XII de la Vuelta). Importante señalar la muerte de Cruz y su contexto.

7. El trabajo: la mirada bucólica/idílica sobre el trabajo en el campo "antes" (de ser llevado en una leva para la frontera). Parece la descripción de una fiesta, de un encuentro colectivo gozoso. Al contrario, luego en la frontera el trabajo aparece como una maldición que debe vivirse en medio de carencias extremas, arbitrariedades, injusticias, etc.

8. La mujer: aparece lateralmente, tanto como personaje como como tema de algunas coplas. En cuanto personajes, mencionar, caracterizar e indicar sus roles: las mujeres de Fierro y de Cruz, la negra,la cautiva maltratada por el indio; señalar que esta mujer ayuda a Fierro a liberarse del indio que lo quería matar y a partir de entonces, Fierro combate más eficazmente hasta matar al indio.

En cuanto a la mujer como tema de algunas coplas, en general, se insiste en su rol de madre y de esposa, en la necesidad del varón de cuidarla y protegerla. Las mujeres indias están vistas con los mismos rasgos negativos que los indios ("sucias, desgreñadas, más fieras que Satanás")

9. La religión: frecuentes expresiones de Martín Fierro que se dirigen a Dios (se reconoce su fliiación cristiana en general y católica en particular, a través de las expresiones sobre la Virgen María y los santos); por ejemplo, la invocación a los santos para que lo ayuden a cantar, al comienzo de la Ida.Paradójicamente, después de matar al negro en la Ida, Fierro siente remordimientos porque no se lo enterró cristianamente y podría transformarse en un alma en pena.

En la Vuelta, el hijo segundo se enamora de una viuda y recurre a un adivino/brujo para seducirla; esta desviación de la religión oficial no es eficaz: no consigue lo que quiere y un sacerdote -representante de la religión legítima sin desviaciones supersticiosas-

Recordar que en el prólogo a la Vuelta, Hernández manifiesta su preocupación didáctica frente a una masa a la que el libro serviría para enseñarle tanto hábitos de trabajo, ahorro, responsabilidad, como una religiosidad que ponga freno a sus defectos.

Otra aparición de la religión en la Vuelta se da a partir del hijo de Cruz, Picardía, con unas tías que lo obligaban a realizar distintas prácticas religiosas (rezo del rosario, recitado de oraciones, etc.) que a él lo cansaban y colaboran a su decisión de fugarse.

10. Los consejos: comparar los consejos que da el viejo Vizcacha -referirse a su vínculo con el hijo segundo de Fierro- y los que da Fierro. Particularmente, respecto de la autoridad y del cumplimiento de la ley, del vínculo con la mujer, de la vida con otros

jueves, 21 de agosto de 2008

Instrucciones para el trabajo sobre Mart{in Fierro

El Martín Fierro- Presentación en diapositivas
Realizarán un trabajo en formato de diapositivas PowerPoint que luego se verá en el sitio público http://www.slideshare.com. Los destinatarios serán otros alumnos de E2 de los próximos años. Consideren las características del lenguaje en función de eso.
Investiguen durante unos 10’ ese sitio. Busquen algún tema y vean si hay algún trabajo sobre el mismo. Vean también las características, límites, etc. de los formatos que pueden subirse.
De a pares o de a tres, trabajarán para realizar una presentación que tendrá dos partes:
a) la primera, la transformación al lenguaje de diapositivas de uno de los textos teóricos indicados. Seleccionarán frases relevantes o las sintetizarán ustedes e irán alternando cada diapositiva de texto con otra de imagen que la ilustre.
b) la segunda, la transformación al lenguaje de diapositivas de los fragmentos indicados del Martín Fierro (los consejos); allí irán alternando: una diapositiva con texto del Martín Fierro con consejos acerca de X tema; otra, con alguna letra de alguna canción de cualquier género que hable sobre el mismo tema, como estableciendo un diálogo con el Martín Fierro (un diálogo que puede mostrar semejanzas, diferencias, etc.); y una tercera, con alguna imagen que ilustre el tema, el conflicto, etc.
c) Piensen un buen cierre para el trabajo. Y obviamente, por qué sería un buen cierre.
4) Para la búsqueda de imágenes recuerden estos criterios:
a) Pueden buscar imágenes respecto de lo literal de la palabra (“familia”, e imágenes de familias) o de asociaciones que la palabra evoque, según el contexto en que aparezca el término (unidad, amor, paz, conflictos, peleas, distancia, calor, frío, etc.)
b) Para ampliar la búsqueda, utilicen otros lenguajes aparte del español. Por ejemplo, “trabajo” arroja en Google 215.000.000 resultados y “work”, 2.260.000.000. Un diccionario multilingüe los puede ayudar, ténganlo minimizado mientras trabajan:
http://www.wordreference.com/fren/
http://dictionnaire.reverso.net/?word=/forced
c) Aparte de buscar en Google/imágenes, otros sitios donde pueden encontrar algunas pertinentes: http://www.flickr.com, http://www.deviantart.com, http://www.fotosearch.fr
5) Hagan la presentación en PowerPoint; envíenla a mi correo canepamarina@gmail.com y al de alguno de ustedes para tenerla disponible y que luego yo la suba a Slideshare si ustedes no llegan.
El Martín Fierro- Presentación en diapositivas
Realizarán un trabajo en formato de diapositivas PowerPoint que luego se verá en el sitio público http://www.slideshare.com. Los destinatarios serán otros alumnos de E2 de los próximos años. Consideren las características del lenguaje en función de eso.
Investiguen durante unos 10’ ese sitio. Busquen algún tema y vean si hay algún trabajo sobre el mismo. Vean también las características, límites, etc. de los formatos que pueden subirse.
De a pares o de a tres, trabajarán para realizar una presentación que tendrá dos partes:
a) la primera, la transformación al lenguaje de diapositivas de uno de los textos teóricos indicados. Seleccionarán frases relevantes o las sintetizarán ustedes e irán alternando cada diapositiva de texto con otra de imagen que la ilustre.
b) la segunda, la transformación al lenguaje de diapositivas de los fragmentos indicados del Martín Fierro (los consejos); allí irán alternando: una diapositiva con texto del Martín Fierro con consejos acerca de X tema; otra, con alguna letra de alguna canción de cualquier género que hable sobre el mismo tema, como estableciendo un diálogo con el Martín Fierro (un diálogo que puede mostrar semejanzas, diferencias, etc.); y una tercera, con alguna imagen que ilustre el tema, el conflicto, etc.
c) Piensen un buen cierre para el trabajo. Y obviamente, por qué sería un buen cierre.
4) Para la búsqueda de imágenes recuerden estos criterios:
a) Pueden buscar imágenes respecto de lo literal de la palabra (“familia”, e imágenes de familias) o de asociaciones que la palabra evoque, según el contexto en que aparezca el término (unidad, amor, paz, conflictos, peleas, distancia, calor, frío, etc.)
b) Para ampliar la búsqueda, utilicen otros lenguajes aparte del español. Por ejemplo, “trabajo” arroja en Google 215.000.000 resultados y “work”, 2.260.000.000. Un diccionario multilingüe los puede ayudar, ténganlo minimizado mientras trabajan:
http://www.wordreference.com/fren/
http://dictionnaire.reverso.net/?word=/forced
c) Aparte de buscar en Google/imágenes, otros sitios donde pueden encontrar algunas pertinentes: http://www.flickr.com, http://www.deviantart.com, http://www.fotosearch.fr
5) Hagan la presentación en PowerPoint; envíenla a mi correo canepamarina@gmail.com y al de alguno de ustedes para tenerla disponible y que luego yo la suba a Slideshare si ustedes no llegan.