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viernes, 15 de junio de 2012

: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez- 4- autobiografía de G. García Márquez

Segunda selección de fragmentos

En cualquier tiempo nos sorprendían unos huracanes secos que desentechaban ranchos y arremetían contra el banano nuevo y dejaban el pueblo cubierto de un polvo astral. En verano se ensañaban con el ganado unas sequías terribles, o caían en invierno unos aguaceros universales que dejaban las calles convertidas en ríos revueltos. Los ingenieros gringos navegaban en botes de caucho, por entre colchones ahogados y vacas muertas. La United Fruit Company, cuyos sistemas artificiales de regadío eran responsables del desmadre de las aguas, desvió el cauce del río cuando el más grave de aquellos diluvios desenterró los cuerpos del cementerio.
La más siniestra de las plagas, sin embargo, era la humana. Un tren que parecía de juguete arrojó en sus arenas abrasantes una hojarasca de aventureros de todo el mundo que se tomaron a mano armada el poder de la calle. Su prosperidad atolondrada llevaba consigo un crecimiento demográfico y un desorden social desmadrados. Estaba a sólo cinco leguas de la colonia penal de Buenos Aires, sobre el río Fundación, cuyos reclusos solían escaparse los fines de semana para jugar al terror en Aracataca (...)

Las matanzas no eran sólo por las reyertas de los sábados. Una tarde cualquiera oímos gritos en la calle y vimos pasar un hombre sin cabeza montado en un burro. Había sido decapitado a machete en los arreglos de cuentas de las fincas bananeras y la cabeza había sido arrastrada por las corrientes heladas de la acequia. Esa noche le escuché a mi abuela la explicación de siempre: «Una cosa tan horrible sólo pudo hacerla un cachaco”
Los cachacos eran los nativos del altiplano, y no sólo los distinguíamos del resto de la humanidad por sus maneras lánguidas y su dicción viciosa, sino por sus ínfulas de emisarios de la Divina Providencia. Esa imagen llegó a ser tan aborrecible que después de las represiones feroces de las huelgas bananeras por militares del interior, a los hombres de tropa no los llamábamos soldados sino cachacos. Los veíamos como los usufructuarios únicos del poder político, y muchos de ellos se comportaban como si lo fueran. Sólo así se explica el horror de «La noche negra de Aracataca», una degollina legendaria con un rastro tan incierto en la memoria popular que no hay evidencia cierta de si en realidad sucedió.
Empezó un sábado peor que los otros cuando un nativo de bien cuya identidad no pasó a la historia entró en una cantina a pedir un vaso de agua para un niño que llevaba de la mano. Un forastero que bebía solo en el mostrador quiso obligar al niño a beberse un trago de ron en vez del agua. El padre trató de impedirlo, pero el forastero persistió en lo suyo, hasta que el niño, asustado y sin proponérselo, le derramó el trago de un manotazo. El forastero, sin más vueltas, lo mató de un tiro (...)
La matanza de las bananeras fue la culminación de otras anteriores, pero con el argumento adicional de que los líderes fueron señalados como comunistas, y tal vez lo eran (...)


Una de la grandes fantasías de aquellos años la viví un día en que llegó a la casa un grupo de hombres iguales con ropas, polainas y espuelas de jinete, y todos con una cruz de ceniza pintada en la frente. Eran los hijos engendrados por el coronel a lo largo de la Provincia durante la guerra de los Mil Días, que iban desde sus pueblos para felicitarlo por su cumpleaños con más de un mes de retraso. Antes de ir a la casa habían oído la misa del Miércoles de Ceniza - se refiere a su abuelo- , y la cruz que el padre Angarita les dibujó en la frente me pareció un emblema sobrenatural cuyo misterio habría de perseguirme durante años, aun después de que me familiaricé con la liturgia de la Semana Santa.

La mayoría de ellos había nacido después del matrimonio de mis abuelos. Mina los registraba con sus nombres y apellidos en una libreta de apuntes desde que tenía noticia de sus nacimientos, y con una indulgencia difícil terminaba por asentarlos de todo corazón en la contabilidad de la familia. Pero ni a ella ni a nadie le fue fácil distinguirlos antes de aquella visita ruidosa en la que cada uno reveló su modo de ser peculiar. Eran serios y laboriosos, hombres de su casa, gente de paz, que sin embargo no temían perder la cabeza en el vértigo de la parranda. Rompieron la vajilla, desgreñaron los rosales persiguiendo un novillo para mantearlo, mataron a tiros a las gallinas para el sancocho y soltaron un cerdo ensebado que atropello a las bordadoras del corredor, pero nadie lamentó esos percances por el ventarrón de felicidad que llevaban consigo (…)

Poco después, la hoguera del patio volvió a encenderse cuando una gallina puso un huevo fantástico que parecía una bola de pimpón con un apéndice como el de un gorro frigio. Mi abuela lo identificó de inmediato: «Es un huevo de basilisco». Ella misma lo arrojó al fuego murmurando oraciones de conjuro.
Nunca pude concebir a los abuelos a una edad distinta de la que tenían en mis recuerdos de esa época. La misma de los retratos que les hicieron en los albores de la vejez, y cuyas copias cada vez más desvaídas se han transmitido como un rito tribal a través de cuatro generaciones prolíficas. Sobre todo los de la abuela Tranquilina, la mujer más crédula e impresionable que conocí jamás por el espanto que le causaban los misterios de la vida diaria. Trataba de amenizar sus oficios cantando con toda la voz viejas canciones de enamorados, pero las interrumpía de pronto con su grito de guerra contra la fatalidad:
-¡Ave María Purísima!
Pues veía que los mecedores se mecían solos, que el fantasma de la fiebre puerperal se había metido en las alcobas de las parturientas, que el olor de los jazmines del jardín era como un fantasma invisible, que un cordón tirado al azar en el suelo tenía la forma de los números que podían ser el premio mayor de la lotería, que un pájaro sin ojos se había extraviado dentro del comedor y sólo pudieron espantarlo con La Magnífica cantada. Creía descifrar con claves secretas la identidad de los protagonistas y los lugares de las canciones que le llegaban de la Provincia. Se imaginaba desgracias que tarde o temprano sucedían, presentía quién iba a llegar de Riohacha con un sombrero blanco, o de Manaure con un cólico que sólo podía curarse con hiél de gallinazo, pues además de profeta de oficio era curandera furtiva. (…)
No alcancé a conocer a Meme, la esclava guajira que la familia llevó de Barrancas y que en una noche de tormenta se escapó con Alirio, su hermano adolescente, pero siempre oí decir que fueron ellos los que más salpicaron el habla de la casa con su lengua nativa. Su castellano enrevesado fue asombro de poetas, desde el día memorable en que encontró los fósforos que se le habían perdido al tío Juan de Dios y se los devolvió con su jerga triunfal:

-Aquí estoy, fósforo tuyo….
El mundo del abuelo era otro bien distinto. Aun en sus últimos años parecía muy ágil cuando andaba por todos lados con su caja de herramientas para reparar los daños de la casa, o cuando hacía subir el agua del baño durante horas con la bomba manual del traspatio, o cuando se trepaba por las escaleras empinadas para comprobar la cantidad de agua en los toneles, pero en cambio me pedía que le atara los cordones de las botas porque se quedaba sin aliento cuando quería hacerlo él mismo. No murió por milagro una mañana en que trató de coger el loro cegato que se había trepado hasta los toneles. Había alcanzado atraparlo por el cuello cuando resbaló en la pasarela y cayó a tierra desde una altura de cuatro metros. Nadie se explicó cómo pudo sobrevivir con sus noventa kilos y sus cincuenta y tantos años (...)
Pasó mucho tiempo antes de que Margot -hermana del narrador- se rindiera la vida familiar.
Se sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincón menos pensado. Nada le llamaba la atención, salvo la campana del reloj, que a cada hora buscaba con sus grandes ojos de alucinada. No lograron que comiera en varios días. Rechazaba la comida sin dramatismo y a veces la tiraba en los rincones. Nadie entendía cómo estaba viva sin comer, hasta que se dieron cuenta de que sólo le gustaban la tierra húmeda del jardín y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas. Cuando la abuela lo descubrió puso hiel de vaca en los recodos más apetitosos del jardín y escondió ajíes picantes en las macetas (…)
Quienes me conocieron a los cuatro años dicen que era pálido y ensimismado, y que sólo hablaba para contar disparates, pero mis relatos eran en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía más atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso (...)
Esa vez conocí Manaure, en el corazón de la sierra, un pueblo hermoso y tranquilo, histórico en la familia porque fue allí donde llevaron a temperar a mi madre cuando era niña, por unas fiebres tercianas que habían resistido a toda clase de brebajes. Tanto había oído hablar de Manaure, de sus tardes de mayo y ayunos medicinales, que cuando estuve por primera vez me di cuenta de que lo recordaba como si lo hubiera conocido en una vida anterior. Estábamos tomando una cerveza helada en la única cantina del pueblo cuando se acercó a nuestra mesa un hombre que parecía un árbol, con polainas de montar y al cinto un revólver de guerra. Rafael Escalona nos presentó, y él se quedó mirándome a los ojos con mi mano en la suya.
-¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez? -me preguntó.
-Soy su nieto -le dije.
-Entonces -dijo él-, su abuelo mató a mi abuelo.
Es decir, era el nieto de Medardo Pacheco, el hombre que mi abuelo había matado en franca lid. No me dio tiempo de asustarme, porque lo dijo de un modo muy cálido, como si también ésa fuera una manera de ser parientes. Estuvimos de parranda con él durante tres días y tres noches en su camión de doble fondo, bebiendo brandy caliente y comiendo sancochos de chivo en memoria de los abuelos muertos. Pasaron varios días antes de que me confesara la verdad: se había puesto de acuerdo con Escalona para asustarme, pero no tuvo corazón para seguir las bromas de los abuelos muertos. En realidad se llamaba José Prudencio Aguilar, y era un contrabandista de oficio, derecho y de buen corazón. En homenaje suyo, para no ser menos, bauticé con su nombre al rival que José Arcadio Buendía mató con una lanza en la gallera de Cien años de soledad.




Cien años de soledad, de G.G. Márquez-5-autobiografía











A medida que vayamos leyendo la obra, iremos viendo cómo el narrador de Cien años...retoma y reelabora episodios autobiográficos de G.G. Márquez, narrados en Vivir para contarla.


PRIMERA SELECCIÓN DE FRAGMENTOS

"Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo o en los cafés vecinos, donde iba dos veces al día a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: «Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa picara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo:
-Soy tu madre.
Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónitos detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura otoñal. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de costumbre:
-Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa (…)

Los niños teníamos entonces la ilusión de hacer pelotas con las nieves perpetuas y jugar a la guerra en las calles abrasantes. Pues el calor era tan inverosí
mil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día. Desde mi nacimiento oí repetir sin descanso que las vías del ferrocarril y los campamentos de la United Fruit Company fueron construidos de noche, porque de día era imposible agarrar las herramientas recalentadas al sol.
…(mi madre) Había nacido en una casa modesta, pero creció en el esplendor efímero de la compañía bananera, del cual le quedó al menos una buena educación de niña rica en el colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, en Santa Marta. Durante las vacaciones de Navidad bordaba en bastidor con sus amigas, tocaba el clavicordio en los bazares de caridad y asistía con una tía chaperona a los bailes más depurados de la timorata aristocracia local, pero nadie le había conocido novio alguno cuando se casó contra la voluntad de sus padres con el telegrafista del pueblo. Sus virtudes más notorias desde entonces eran el sentido del humor y la salud de hierro que las insidias de la adversidad no lograrían derrotar en su larga vida. Pero la más sorprendente, y también desde entonces la menos sospechable, era el talento exquisito con que lograba disimular la tremenda fuerza de su carácter: un Leo perfecto. Esto le había permitido establecer un poder matriarcal cuyo dominio alcanzaba hasta los parientes más remotos en los lugares menos pensados, como un sistema planetario que ella manejaba desde su cocina, con voz tenue y sin parpadear apenas, mientr
as hervía la marmita de los frijoles. (...)

Tratar de convencer a mis padres de semejante locura (ser "solamente" escritor) cuando habían fundado en mí tantas esperanzas y habían gastado tantos dineros que no tenían, era tiempo perdido. Sobre todo a mi padre, que me habría perdonado lo que fuera, menos que no colgara en la pared cualquier diploma académico que él no pudo tener. La comunicación se interrumpió. Casi un año después seguía pensando en visitarlo para darle mis razones, cuando mi madre apareció para pedirme que la acompañara a vender la casa. Sin embargo, ella no hizo ninguna mención del asunto hasta después de la medianoche, en la lancha, cuando sintió como una revelación sobrenatural que había encontrado por fin la ocasión propicia para decirme lo que sin duda era el motivo real de su viaje, y empezó con el modo y el tono y las palabras milimétricas que debió madurar en la soledad de s
us insomnios desde mucho antes de emprenderlo.
-Tu papá está muy triste -dijo.
Ahí estaba, pues, el infierno tan temido. Empezaba como siempre, cuando menos se esperaba, y con una voz sedante que no había de alterarse ante nada. Sólo por cumplir con el ritual, pues conocía de sobra la respuesta, le pregunté:
-¿Y eso por qué?
-Porque dejaste los estudios.
-No los dejé -le dije-. Sólo cambié de carrera.
La idea de una discusión a fondo le levantó el ánimo.
-Tu papá dice que es lo mismo -dijo. A sabiendas de que era falso, le dije:
-También él dejó de estudiar para tocar el violín.
-No fue igual -replicó ella con una gran vivacidad-. El violín lo tocaba sólo en fiestas y serenatas. Si dejó sus estudios fue porque no tenía ni con qué comer. Pero en menos de un mes aprendió telegrafía, que entonces era una profesión muy buena, sobre todo en Aracataca.
-Yo también vivo de escribir en los periódicos -le dije.
-Eso lo dices para no mortificarme -dijo ella-. Pero la mala situación se te nota de lejos. Cómo será, que cuando te vi en la librería no te reconocí.
-Yo tampoco la reconocí a usted -le dije.
-Pero no por lo mismo -dijo ella-. Yo pensé que eras un limosnero. -Me miró las sandalias gastadas, y agregó-: Y sin medias.
-Es más cómodo -le dije-. Dos camisas y dos calzoncillos: uno puesto y otro secándose. ¿Qué más se necesita?
-Un poquito de dignidad -dijo ella. Pero enseguida lo suavizó en otro tono-: Te lo digo por lo mucho que te queremos.
-Ya lo sé -le dije-. Pero dígame una cosa: ¿usted en mi lugar no haría lo mismo?
-No lo haría -dijo ella- si con eso contrariara a mis padres.
Acordándome de la tenacidad con que logró forzar la oposición de su familia para casarse, le dije riéndome:
-Atrévase a mirarme.
Pero ella me esquivó con seriedad, porque sabía demasiado lo que yo estaba pensando.
-No me casé mientras no tuve la bendición de mis padres -dijo-. A la fuerza, de acuerdo, pero la tuve (…)











Pasamos frente al barrio de tolerancia al otro lado de la línea del tren, con casitas de colores con techos oxidados y los viejos loros de Paramaribo que llamaban a los clientes en portugués desde los aros colgados en los aleros. Pasamos por el abrevadero de las locomotoras, con la inmensa bóveda de hierro en la cual se refugiaban para dormir los pájaros migratorios y las gaviotas perdidas. Bordeamos la ciudad sin entrar, pero vimos las calles anchas y desoladas, y las casas del antiguo esplendor, de un solo piso con ventanas de cuerpo entero, donde los ejercicios de piano se repetían sin descanso desde el amanecer. De pronto, mi madre señaló con el dedo.
-Mira -me dijo-. Ahí fue donde se acabó el mundo.
Yo seguí la dirección de su índice y vi la estación: un edificio de maderas descascaradas, con techos de cinc de dos aguas y balcones corridos, y enfrente una plazoleta árida en la cual no podían caber más de doscientas personas. Fue allí, según me precisó mi madre aquel día, donde el ejército había matado en 1928 un número nunca establecido de jornaleros del banano. Yo conocía el episodio como si lo hubiera vivido, después de haberlo oído contado y mil veces repetido por mi abuelo desde que tuve memoria: el militar leyendo el decreto por el que los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles bajo el sol bárbaro después que el oficial les dio un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; la orden de fuego, el tableteo de las ráfagas de escupitajos incandescentes, la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla….
En la población de Riofrío subieron varias familias de aruhacos cargados con mochilas repletas de aguacates de la sierra, los más apetitosos del país. Recorrieron el vagón a saltitos en ambos sentidos buscando dónde sentarse, pero cuando el tren reanudó la marcha sólo quedaban dos mujeres blancas con un niño recién nacido, y un cura joven. El niño no paró de llorar en el resto del viaje. El cura llevaba botas y casco de explorador, una sotana de lienzo basto con remiendos cuadrados, como una vela de marear, y hablaba al mismo tiempo que el niño lloraba y siempre como si estuviera en el púlpito. El tema de su prédica era la posibilidad de que la compañía bananera regresara. Desde que ésta se fue no se hablaba de otra cosa en la Zona y los criterios estaban divididos entre los que querían y los que no querían que volviera, pero todos lo daban por seguro. El cura estaba en contra, y lo expresó con una razón tan personal que a las mujeres les pareció disparatada:
-La compañía deja la ruina por donde pasa. (...)
La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos. Nadie se salvaba de sus estragos. Desde la ventanilla del vagón se veían los hombres sentados en la puerta de sus casas y bastaba con mirarles la cara para saber lo que esperaban. Las lavanderas en las playas de caliche miraban pasar el tren con la misma esperanza. Cada forastero que llegaba con un maletín de negocios les parecía que era el hombre de la United Fruit Company que volvía a restablecer el pasado. En todo encuentro, en toda visita, en toda carta surgía tarde o temprano la frase sacramental: «Dicen que la compañía vuelve». Nadie sabía quién lo dijo, ni cuándo ni por qué, pero nadie lo ponía en duda.
(…) Recordaba las ciudades privadas de los gringos en Aracataca y en Sevilla, al otro lado de la vía férrea, cercadas con mallas metálicas como enormes gallineros electrificados que en los días frescos del verano amanecían negras de golondrinas achicharradas. Recordaba sus lentos prados azules con pavorreales y codornices, las residencias de techos rojos y ventanas alambradas y mesitas redondas con sillas plegables para comer en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. A veces, a través de la cerca de alambre, se veían mujeres bellas y lánguidas, con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, que cortaban las flores de sus jardines con tijeras de oro.
El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los macondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.
El tren pasaba a las once por la finca Macondo, y diez minutos después se detenía en Aracataca. ..
-Ésos son los terrenos que le vendieron a papá con el cuento de que había oro -dijo.
Pasó como una exhalación la casa de los maestros adventistas, con su jardín florido y un letrero en el portal: The sun shines for all.
-Fue lo primero que aprendiste en inglés -dijo mi madre.
-Lo primero no -le dije-: Lo único.
Pasó el puente de cemento y la acequia con sus aguas turbias, de cuando los gringos desviaron el río para llevárselo a las plantaciones.
El espacio común (en la casa familiar) de la oficina y la platería estaba vedado a las mujeres, por obra de nuestra cultura caribe, como lo estaban las cantinas del pueblo por orden de la ley. Sin embargo, con el tiempo terminó por ser un cuarto de hospital, donde murió la tía Petra y sobrellevó los últimos meses de una larga enfermedad Wenefrida Márquez, hermana de Papalelo. De allí en adelante empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia. Yo fui el único varón que disfrutó de los privilegios de ambos mundos. (...)
Al fondo del corredor había dos cuartos que me estaban prohibidos. En el primero vivía mi prima Sara Emilia Márquez, una hija de mi tío Juan de Dios antes de su matrimonio, que fue criada por los abuelos. Además de una prestancia natural desde muy niña, tenía una personalidad fuerte que me abrió mis primeros apetitos literarios con una preciosa colección de cuentos de Calleja, ilustrados a todo color, a la que nunca me dio acceso por temor de que se la desordenara. Fue mi primera y amarga frustración de escritor.
El último cuarto era un depósito de trastos y baúles jubilados, que mantuvieron en vilo mi curiosidad durante años, pero que nunca me dejaron explorar. Más tarde supe que allí estaban también las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa. (...)

El drama fue en Barrancas(...) El adversario era un gigante dieciséis años menor que él (el abuelo del narrador) liberal de hueso colorado, como él, católico militante, agricultor pobre, casado reciente y con dos hijos, y con un nombre de hombre bueno: Medardo Pacheco. Lo más triste para el coronel debió ser que no fuera ninguno de los numerosos enemigos sin rostro que se le atravesaron en los campos de batalla, sino un antiguo amigo, copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días, al que tuvo que enfrentar a muerte cuando ya ambos creían ganada la paz.
Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlo. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud y el peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero sus pormenores se mantenían entre brumas. Mi madre, con apenas tres años, lo recordó siempre como un sueño improbable. Los adultos lo embrollaban delante de mí para confundirme, y nunca pude armar el acertijo porque cada quien, de ambos lados, colocaba las piezas a su modo. La versión más confiable era que la madre de Medardo Pacheco lo había instigado a que vengara su honra, ofendida por un comentario infame que le atribuían a mi abuelo. Éste lo desmintió como un infundio y les dio satisfacciones públicas a los ofendidos, pero Medardo Pacheco persistió en el encono y terminó por pasar de ofendido a ofensor con un grave insulto al abuelo sobre su conducta de liberal. Nunca supe a ciencia cierta cuál fue. Herido en su honor, el abuelo lo desafió a muerte sin fecha fija.
Una muestra ejemplar de la índole del coronel fue el tiempo que dejó pasar entre el desafío y el duelo.
Arregló sus asuntos con un sigilo absoluto para garantizar la seguridad de su familia en la única alternativa que le deparaba el destino: la muerte o la cárcel. Empezó por vender sin la menor prisa lo poco que le quedó para subsistir después de la última guerra: el taller de platería y una pequeña finca que heredó de su padre, en la cual criaba chivos de sacrificio y cultivaba una parcela de caña de azúcar. Al cabo de seis meses guardó en el fondo de un armario la plata reunida, y esperó en silencio el día que él mismo se había señalado: 12 de octubre de 1908, aniversario del descubrimiento de América.
Medardo Pacheco vivía en las afueras del pueblo, pero el abuelo sabía que no podía faltar aquella tarde a la procesión de la Virgen del Pilar. Antes de salir a buscarlo, escribió a su mujer una carta breve y tierna, en la cual le decía dónde tenía escondido su dinero, y le dio algunas instrucciones finales sobre el porvenir de los hijos. La dejó debajo de la almohada común, donde sin duda la encontraría su mujer cuando se acostara a dormir, y sin ninguna clase de adioses salió al encuentro de su mala hora
Aun las versiones menos válidas coinciden en que era un lunes típico del octubre caribe, con una lluvia triste de nubes bajas y un viento funerario. Medardo Pacheco, vestido de domingo, acababa de entrar en un callejón ciego cuando el coronel Márquez le salió al paso. Ambos estaban armados. Años después, en sus divagaciones lunáticas, mi abuela solía decir: «Dios le dio a Nicolasito la ocasión de perdonarle la vida a ese pobre hombre, pero no supo aprovecharla». Quizás lo pensaba porque el coronel le dijo que había visto un relámpago de pesadumbre en los ojos del adversario tomado de sorpresa. También le dijo que cuando el enorme cuerpo de ceiba se derrumbó sobre los matorrales, emitió un gemido sin palabras, «como el de un garito mojado». La tradición oral atribuyó a Papalelo una frase retórica en el momento de entregarse al alcalde: «La bala del honor venció a la bala del poder»…
El hecho dividió a las familias del pueblo, incluso a la del muerto. Una parte de ésta se propuso vengarlo, mientras que otros a me impresionaban tanto en la niñez que no sólo asumí el peso de la culpa ancestral como si fuera propia, sino que todavía ahora, mientras lo escribo, siento más compasión por la familia del muerto que por la mía.
A Papalelo lo trasladaron a Riohacha para mayor seguridad, y más tarde a Santa Marta, donde lo condenara un año: la mitad en reclusión y la otra en régimen abierto. Tan pronto como fue libre viajó con la familbreve tiempo a la población de Ciénaga, luego a Panamá, donde tuvo otra hija con un amor casual, y por fin al insalubre y arisco corregimiento de Aracataca, el empleo de colector de hacienda departamental.
Cuando el abuelo trató de entusiasmar a la familia con la fantasía de que allí –Aracataca- el dinero corría por las calles, Mina había dicho: «La plata es el cagajón del diablo». Para mi madre fue el reino de todos los terrores. El más antiguo que recordaba era la plaga de langosta que devastó los sembrados cuando aún era muy niña. «Se oían pasar como un viento de piedras», me dijo cuando fuimos a vender la casa. La población aterrorizada tuvo que atrincherarse en sus cuartos, y el flagelo sólo pudo ser derrotado por artes de hechicería.
En cualquier tiempo nos sorprendían unos huracanes secos que desentechaban ranchos y arremetían contra el banano nuevo y dejaban el pueblo cubierto de un polvo astral. En verano se ensañaban con el ganado unas sequías terribles, o caían en invierno unos aguaceros universales que dejaban las calles convertidas en ríos revueltos. Los ingenieros gringos navegaban en botes de caucho, por entre colchones ahogados y vacas muertas. La United Fruit Company, cuyos sistemas artificiales de regadío eran responsables del desmadre de las aguas, desvió el cauce del río cuando el más grave de aquellos diluvios desenterró los cuerpos del cementerio. (...)

La desdicha familiar culminó a los dos años de vivir en Aracataca, con la muerte de Margarita María Miniata, que era la luz de la casa. Su daguerrotipo estuvo expuesto durante años en la sala, y su nombre ha venido repitiéndose de una generación a otra como una más de las muchas señas de identidad familiar. Las generaciones recientes no parecen conmovidas por aquella infanta de faldas rizadas, botitas blancas y una trenza larga hasta la cintura, que nunca harán coincidir con la imagen retórica de una bisabuela, pero tengo la impresión de que bajo el peso de los remordimientos y las ilusiones frustradas de un mundo mejor, aquel estado de alarma perpetua era para mis abuelos lo más parecido a la paz. Hasta la muerte continuaron sintiéndose forasteros en cualquier parte (..)..
Entre los argumentos fuertes contra Gabriel Eligio estaba su condición de hijo natural de una soltera que lo había tenido a la módica edad de catorce años por un tropiezo casual con un maestro de escuela. Se llamaba Argemira García Paternina, una blanca esbelta de espíritu libre que tuvo otros cinco hijos y dos hijas de tres padres distintos con los que nunca se casó ni convivió bajo un mismo techo. (...)


Cien años de soledad, de G.G. Márquez-6- Arte colombiano: Botero, Fernando
















Fernando Botero, pintor colombiano (Medellín, 1932)

Para el trabajo de a dos


-A partir de alguna de las imágenes, redactar un cuento -aprox., 600 palabras- que responda a las características del realismo maravilloso, entre cuyas características encontramos que:

*en un ambiente que podemos reconocer como realista, hay manifestaciones de lo mágico, de lo maravilloso, mostradas como formando parte "normalmente" de la realidad de la obra.

*lo sensorial, más que los razonamientos lógicos e intelectuales, es el modo como los personajes se conectan con la realidad. Este es el rol por ejemplo de las profecías, intuiciones, adivinaciones, etc.

*el tiempo es percibido como cíclico, no sólo como lineal, lo cual se opone a la racionalidad moderna (en el sentido de Modernidad, el período ubicado convencionalmente entre los siglos XV y XVIII, en el que se afianza el concepto del hombre como ser racional, o sea, la razón como elemento definitorio de la esencia humana).

* entre los aspectos más trabajados respecto de lo anterior, aparece la muerte, que no responde a sus características en el mero realismo (vgr., los personajes pueden morir y reaparecer sin que eso resulte conflictivo en el mundo del texto)

-Los cuentos serán posteados por mí, acá. Los leeremos y comentaremos entre todos en la semana del lunes 26 de mayo.

-Enviar el cuento a mi mail como archivo adjunto de Word, con: título, nombre de los autores y número de la imagen elegida.


-La nota se divide en dos: 10p. por el cuento propio y 10 p. por el análisis del cuento de otros dos compañeros. Dicho análisis lo harán a modo de comentario en los mensajes respectivos, una vez que yo les haya indicado con qué cuento trabajarán y consiste en señalar las características del realismo mágico que están presentes en él y la opinión personal fundamentada sobre el cuento.

-Es importante que el archivo en Word que me manden tenga correcta la ortografía y la puntuación, así como la justificación del margen derecho.








































































































































































































































lunes, 10 de agosto de 2009

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez- Síntesis de algunos temas

Cien años de soledad- Una síntesis de aspectos que hay que tener en cuenta para rastrear cada uno de estos temas en la novela:



















El realismo maravilloso se manifiesta en:

La superposición de los tiempos históricos (se mencionan siglos y personajes históricos precisos) y míticos/circulares (los comentarios de Ursula respecto del tiempo que “da vueltas en redondo”, las repeticiones de episodios similares en las vidas de varios de los personajes, los nombres iguales o similares,
José Arcadio Buendía es visitado y conversa cada tanto con el espíritu de Prudencio Aguilar; luego de morir, también aparece y conversa con algunos de los personajes. El coronel Aureliano Buendía no lo ve.
Amaranta decide poner su mano sobre unas brasas hasta que no siente más dolor y permanecerá con su mano siempre vendada.
Lluvia de flores amarillas después de la muerte de José Arcadio Buendía
Cuando muere José Arcadio, el olor a pólvora de su cadáver impregna Macondo durante varios días, pese a que se había lavado su cadáver.
Aparición de Melquíades pese a que estaba muerto y enterrado .
Remedios se eleva mientras está tendiendo unas sábanas y desaparece así .
Mariposas amarillas que preceden las apariciones de Mauricio Babilonia .
La desmesurada fertilidad de los animales, en coincidencia con los tiempos de relaciones entre Petra y Aureliano II.
Nace el último de los Buendía con cola de cerdo .



















Coronel Aureliano Buendía:
En un fragmento biográfico aparecen seguidos varios datos que hablan de exceso, de sobreabundancia: tuvo 17 hijos, promovió treinta y dos levantamientos armados que perdió, escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas, etc. Se salva frente al pelotón de fusilamiento por la intervención de su hermano José Arcadio. Llega a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias.
Intenta suicidarse pero se salva, como también lo hace de un intento de envenenamiento. Quiere promover la guerra total armando a sus hijos para acabar con los gringos (los de la compañía bananera).
Muere al final del capítulo 13, al pie del castaño.

Aureliano II:
Constantes excesos en las fiestas, en las comidas, en el sexo, con el dinero (empapela la casa de la madre con billetes y tira los sobrantes en el patio) .
tiene una hija con Fernanda, Amaranta Ursula .
Decide buscar el tesoro escondido en el San José .
Muere al mismo tiempo que su gemelo, José Arcadio Segundo .



















Amor, pasión, sexo:
Tanto dentro por fuera de los marcos convencionales (noviazgos, matrimonios, etc.). Dimensión del exceso. Presencia del incesto .
Amaranta rechaza tanto a Pietro Crespi –que luego se suicida- como a Gerineldo Márquez
Aureliano quiere tener relaciones con Pilar Ternera, su madre, porque él ignora esta verdad. Esta lo manda con Santa Sofía de la Piedad.
Aureliano José se pasiona por Amarante pero esta no le permite más que juegos eróticos.
Arcadio y Santa Sofía tienen gemelos: Aureliano II que se casa con Fernanda del Carpio pero tiene relaciones con Petra Cotes, al igual que su gemelo Aureliano II. Fernanda y Petra se enemistan por Aureliano II. Fernanda y Aureliano tienen a Meme y a José Arcadio. Aureliano II alterna su estadía en casa de su esposa y en casa de Petra.
Meme se enamora de Mauricio Babilonia y tienen un hijo, Aureliano. Mauricio muere.
Aureliano Babilonia tiene relaciones con Amaranta Ursula y engendran al último Aureliano.

















Política, luchas sociales:
Guerra civil entre conservadores y liberales .
El coronel Aureliano deja a Arcadio a cargo de Macondo, y resulta el gobernante más autoritario y cruel que hayan tenido. Luego, Ursula se pone al frente del pueblo y finalmente, es fusilado Arcadio.
Aureliano José muere asesinado por un capitán conservador.
Matanza de 3 mil obreros a cargo del gobierno pero por órdenes de la compañía bananera.
Los conservadores les propones a los revolucionarios un pacto que, pese a ser una traición a los ideales rebeldes, es aceptado por el coronel Aureliano Buendía.
Cuando pasa la fiebre del banano, la explotación de la compañía bananera ha dejado al pueblo sumido en la pobreza y en el deterioro.





















Características de Macondo:
Se convierte en municipio .
El general conservador José Raquel Moncada es nombrado alcalde .
Llegan extranjeros que comienzan con la compañía bananera .
En un carnaval, arriba Fernanda del Carpio, que llama la atención por su belleza y ha sido reina del carnaval de su pueblo. Remedios es elegida reina del carnaval de Macondo.
Llegada del cine, del ferrocarril, del correo, intento de hacer navegable el río, etc.
José Arcadio Segundo hace un emprendimiento para hacer navegable el río y favorecer el desarrollo económico de Macondo. Todo resulta en que después de mucho trabajo y enormes gastos, logra construir una balsa de troncos que fue el primero y el único barco que atracó en Macondo.
Huelga para tener descanso el domingo .
Llovió más de cuatro años seguidos .
Se destruye con el huracán final y desaparece, junto con el último Aureliano comido por las hormigas.

















Melquíades:
Se encarga de la educación de Aureliano Segundo.
Aparenta cuarenta años cuando reaparece en el cap. 10
el anteúltimo Aureliano descubre el misterio de los pergaminos


El oro:
El coronel Aureliano retoma los pescaditos de oro
Aparición del oro sepultado dentro de una estatua de San José por el descubrimiento casual de un obrero. Ursula lo vuelve a enterrar.
Fernanda del Carpio está acostumbrada a hacer sus necesidades en una "bacinilla de oro": un signo de su educación aristocrática y una ironía respecto de la nobleza del metal.
Un pescadito de oro funciona como contraseña para constatar que el coronel Aureliano vive, cuando aparece el coronel Stevenson diciendo que Aureliano le encargaba hablar con Arcadio .