sábado, 28 de febrero de 2009

Cronistas de Indias 0, influencias: Marco Polo
















Marco Polo: sus viajes

En el siglo Xlll, Europa se entregaba a un comercio creciente en el Cercano Oriente. Su desarrollo urbano había incrementado la demanda de bienes, y surgió una nueva clase media de mercaderes en las ciudades. Ninguna más propicia para las empresas comerciales que Venecia, situada de modo ideal en el Adriático, vuelta hacia el este. Allí nació Marco Polo en 1254. Unos meses antes, su padre Nicolo y su tío Maffeo, mercaderes de joyas, emprendieron un viaje de negocios a Constantinopla. Finalmente, llegaron a Bújara, muy adentro de las tierras gobernadas por los mongoles. Allí pasaron tres años. Al fin, el enviado de un potentado local invitó a Nicolo y a Maffeo a acompañarlos a la corte de Kublai Kan en China. Los Polo aceptaron el ofrecimiento de aquel señor, dichosos de salir de Bújara sin problemas.

En 1265, Nicolo y Maffeo fueron recibidos por Kublai, nieto del gran constructor del imperio, Gengis; eran los primeros que visitaban China y eran presentados en la corte imperial. Kublai mostró interés en el cristianismo, entonces, al partir los Polo, les pidió que llevaran una carta al Papa, solicitando que enviara 100 sabios sacerdotes a la corte mongol. Invitó cordialmente a los hermanos a que volvieran a China con aquellos hombres y les dio una tablilla de oro inscrita que les garantizaría el retorno seguro a su patria.

En 1269, volvieron a Venecia. Nicolo supo entonces, que su esposa había muerto al dar a luz a un hijo, Marco, que había encomendado a unos parientes. Marco, con sus 15 años, era bueno y listo, y Nicolo decidió llevarlo consigo cuando regresara a la corte de Kublai. En 1271, Marco salió por mar de Venecia con su padre y su tío, rumbo a Catay.

Los esfuerzos del Papa para satisfacer la solicitud de Kublai habían fracasado: sólo dos frailes se decidieron a unirse a los Polo. Ya en camino, los religiosos, fingiéndose enfermos, volvieron atrás y los venecianos siguieron solos.

El Gran Kan mandó salir a su encuentro, y dio órdenes para que en todos los lugares por donde pasaran se les proporcionase todo lo necesario. En el verano de 1275, entraron los Polo en la ciudad mongol de Shangtu. El espléndido palacio veraniego del Kan, de piedra y mármol, ocupaba 41 kilómetros cuadrados de parque, regado por muchos riachuelos y poblado de ciervos y otros animales de caza, que el monarca cazaba con guepardos y halcones. Sentado en un enorme salón dorado, esperaba a los Polo uno de los gobernantes más notables de la historia. Su imperio, el mayor que el mundo ha visto, se dilataba desde Hungría hasta la costa de China. Su figura, ataviado con una túnica de seda que los bordados de oro endurecían, era imponente.

Shangtu era la residencia veraniega del Kan. La capital principal de Kublai estaba a unos 300 kilómetros al sur, en Kambalik (el Pekín actual). Era una ciudad más espléndida que Shangtu, con palacios de mayor magnificencia aún. A fines de agosto, Kublai y su corte volvieron a Kambalik, y los Polo fueron también.

Miembro del séquito del Kan, Marco conoció íntimamente la casa imperial. Kublai vivía con suntuosidad. Había adoptado muchas costumbres chinas y recibía a sus invitados al estilo chino más grandioso. En los banquetes, donde a menudo había miles de comensales, se servían por lo menos 40 platos de carnes y pescados, 20 variedades de verduras, 40 clases de frutas y dulces y enormes cantidades de leche y vino de arroz.

Kublai tenía cuatro esposas legítimas, cada una con una corte de 10 .000 personas. Todas ellas tenían el título de emperatrices y en las ceremonias oficiales una ocupaba un lugar de honor junto al Kan. Kublai tenía además centenares de concubinas, y cada par de años adquiría 30 ó 40 más. Marco se enteró de que eran cuidadosamente seleccionadas en cuanto a belleza, y observó que "duermen tranquilamente, no roncan, tienen aliento dulce y están libres de olores desagradables". Los padres consideraban un honor que sus hijas fueran elegidas, pues muchas veces el Kan daba sus concubinas por esposas a los nobles de la corte.

También servía al Kan un cuerpo de diabólicos astrólogos. Marco Polo se refiere a ellos con gran desaprobación: "Se muestran en un estado sucio e indecente. Por añadidura, son adictos a la horrenda práctica de asar y devorar el cuerpo de los condenados a muerte Tan peritos son en su infernal arte, que puede decirse que hacen lo que quieren, y mencionaré un caso, aunque se sale de los límites de lo creíble. Cuando el Gran Kan está comiendo en su salón la mesa que hay en el centro se halla a una altura de ocho codos*, y a cierta distancia hay un aparador grande, donde están dispuestas todas las vasijas para beber. Pues bien, por obra de su arte sobrenatural, hacen que las vasijas de vino, leche o cualquier otra bebida llenen las tazas espontáneamente, sin que las toquen los sirvientes y las copas recorren por el aire diez pasos hasta la mano del Gran Kan. Cuando las ha apurado, regresan al lugar de donde vinieron.

Aquellos brujos de quienes se contaba que controlaban el estado atmosférico, impresionaban tanto al Kan, que dijo a los Polo que el cristianismo no le interesaría a menos que contara con análogos hacedores de milagros.

Lo mismo que Venecia, Kinsai estaba construida entre canales, pero sus dimensiones y magnificencia hacían que Venecia pareciera un poblado. Kinsai, informa Marco, tenía 160 kilómetros de circunferencia. Había no menos de 12. 000 puentes sobre los canales, y la calle principal, que cruzaba la ciudad de punta a punta, medía 40 pasos de anchura. La calle estaba interrumpida por enormes plazas rodeadas de altas casas y tiendas donde se vendían vinos, especias, joyas y perlas. Dos o tres veces por semana, en cada plaza se reunían unos 50 000 comerciantes y compradores. Marco lo describe: "Abundan las piezas de caza de todo género, esto es, corzos, ciervos, gamos, liebres, conejos, perdices, faisanes, codornices, gallinas, capones y tantos patos y ocas que no alcanzan las palabras ...”

"Hay en todo tiempo, en dichas plazas, toda clase de hierbas y frutas y, sobre todo, unas peras grandísimas que pesan cinco kilos cada una, blancas por dentro como una pasta y olorosísimas. También hay duraznos amarillos y blancos muy delicados... Cada día llega [del mar] gran cantidad de pescado ... y también abunda el del lago ... de diversas clases según las estaciones del año."

A Marco Polo le fascinaron los baños públicos, de agua sin calentar, adonde los chinos concurrían a diario. Al parecer consideraban los baños de agua fría "muy conducentes a la salud". Sin embargo, también había baños de agua caliente "para los extranjeros, que no soportan la impresión del frío".

Marco llegó a Birmania, región desconocida para los europeos y que sólo fue explorada seis siglos después. En aquella remota zona, vio gente que se forraba de oro los dientes y hombres tatuados de pies a cabeza.

La curiosidad de Marco lo llevó a describir tierras, pueblos y otros temas de que los europeos hasta entonces no tenían la menor noticia: desde una descripción del rinoceronte (al que llamó unicornio) hasta una favorable biografía de Buda..

Según unos amigos, alguien preguntó a Marco agonizante si no querría al fin suprimir de su relato "todo lo que fuese más allá de los hechos". Parece ser que él contestó: "No he contado ni la mitad de lo que vi."

Unos 200 años después, uno de los lectores de Marco Polo se lanzó a buscar una ruta occidental al Oriente, llevando consigo un ejemplar cuidadosamente anotado de los Viajes. Cristóbal Colón no encontró Japón ni China, pero la inspiración que debió a Marco Polo lo llevó a otro mundo nuevo.






lunes, 6 de octubre de 2008

En la sangre- Eugenio Cambaceres- complementos 1


Raúl Illesca

Ser « gringo » en Buenos Aires (1880-1914)


Emigrar no es, en ninguna época ni lugar, una decisión sencilla. Es una suma de situaciones contradictorias conformadas por diferentes condiciones: de escepticismo con respecto al lugar de origen, de razones políticas o económicas, de ilusiones de lo “por venir”, de sueños incumplidos que se materializarán en una nueva geografía. Está también siempre agazapado el fantasma del fracaso.

Ortega Munilla, en un libro de viajeros de fines del siglo XIX1, expone de modo muy ilustrativo, la situación del emigrante que llegaba a América.

La emigración es un sueño, un delirio, una fiebre que la medicina puede estudiar. Sus síntomas son ver en sueño un país dorado por el sol, rico de una vegetación virgen y enmarañada, donde se cuenta por miles de duros, y se gana una fortuna en el tiempo en que aquí se gana, cuando se gana, una peseta. La patria, aparece á sus ojos como la amante desdeñada. Ese país de oro es como a novia de una noche de mayo... El enfermo de fiebre emigradora entristece; tenazmente se apodera de su alma la sombra. Él es aquí pobre, mísero; allí será rico. Aquí anda á pié; allí andará en una carroza. Aquí regatea los ochavos; allí desperdiciará los centenes. Llega el período rico de la fiebre. El enfermo se va. Un vapor será el caballo cavileño da la aventura. Ciegos de ilusiones como el hidalgo, espoleará los costados de madera del caballo para llegar pronto. Y al huir de su patria se despide ella, agitando un pañuelo que mariposea hasta desvanecerse en último adiós, como un ave que muere volando.

La inmigración que se produjo en la República Argentina no escapa a ninguna de estas razones y condiciones. Buenos Aires representaba para los inmigrantes la posibilidad de cristalizar todos los sueños y aspiraciones a esa vida que buscaban afanosamente. “La Gran Aldea” de 1880, la “París de América del Sur” era en su imaginario el “Norte” tan buscado.

Por este motivo llegan masivamente, europeos de diferentes nacionalidades dispuestos a “hacer la América”. Tobías Garzón en su Diccionario Argentino2, define:

AMÉRICA.- Hacer uno la América. fr. Arg. Enriquecerse, labrarse una fortuna en la América un extranjero que ha venido pobre á ella.

La voz no define un continente, no hay precisiones geográficas; se puede inferir, en cambio, que el espacio posee las condiciones necesarias para alcanzar determinadas expectativas y, en segundo lugar, la condición económica de quienes llegan a Buenos Aires con esos fines. Además, y como complemento de esto último, la “empresa” tiene un carácter individual (Según los registros de los distintos censos nacionales y municipales3, el 73% de los emigrantes eran hombres y la mitad de ese porcentaje eran solteros, entre 15 y 30 años).

A partir de estas afirmaciones, el trabajo se propone leer la condición del inmigrante italiano durante el período 1880-1914.

Hay razones y condiciones que lo diferencian del resto de los extranjeros que hicieron de Buenos Aires, la “Babel de Sudamérica”.

Se puede decir que las primeras tienen directas relaciones con la actitud que el estado italiano le solicita al ciudadano italiano, y las segundas con la recepción con que se encuentra el representante de esta nacionalidad.

Las razones pueden explicarse a partir del Manualle dello Emigrante Italiano all’Argentina, de Giussepe Ceppi4, editado en Buenos Aires, en 1900, como estrategia de la política inmigratoria del Gral. Julio Argentino Roca, por aquel entonces, presidente por segunda vez, de la República Argentina.

En sus páginas se declara lo siguiente:

Un consejo y una noble exigencia: Usted debe favorecer las importaciones de origen italiano; comprar solamente, cuando sea posible, nuestros artículos. Si así se hicieran todos los súbditos de cualquier país, el artículo italiano bajaría de precio y, mientras favorece a su patria, se favorece usted mismo.

El reclamo, en el caso de este manual, se hace desde una visión patriótica; el uso del pronombre “nuestro” que reviste un nosotros inclusivo, niega al proceso inmigratorio esa característica de desarraigo que significó abandonar el lugar de origen. “Donde vaya usted seguirá siendo italiano”, parece decir esta publicación estatal itálica.

La otra cara de la situación es el modo en que fueron recibidos los italianos. Y aquí juega un papel decisivo la lengua, la “Babel sudamericana” fracasará o, por lo menos, su clase dirigente reconsiderará el proyecto multicultural; y a diferencia de la torre bíblica, no hay un Dios que confunde las lenguas, sino una decisión política–ideológica de la clase dominante que, rápidamente se plasma en la población porteña.

De este modo, los recién venidos fueron segregados, nombrados por una nacionalidad que en la mayoría de los casos no daba cuenta de su lugar de origen: rusos, polacos y judíos fueron los “rusos”; árabes y armenios formaron el conjunto de los “turcos”; los españoles, en general, “gallegos” y los italianos, como “tanos” o “gringos”.

Como se verá, esta forma de segregación lingüística engloba a la inmigración que no estaba en los planes de Sarmiento, ni de Alberdi y ni de la Generación del ´805.

No se verifica calificación peyorativa aunque sí un apelativo burlón para el francés o para el inglés, a quienes se denominarán “franchutes” y “misters” o “misteques”, respectivamente. La diferencia respecto del italiano radicó en la posición social que estas dos comunidades ocuparon, de inmediato, en Buenos Aires.

La noción de lengua jugará, entonces, un papel fundamental como un patrimonio que se asimila al de nacionalidad. Reaparecerá la figura del “gaucho” con un perfil épico inusitado, frente al “extranjero”, que no estará dada por su identidad o país de origen, sino por su forma de hablar, por su incapacidad de comprender y comunicarse.

Puede decirse que, salvo el español, el resto de los inmigrantes formarían el conjunto de los “incapacitados” para relacionarse, es decir, para integrarse a una sociedad con condiciones económicas y proyectos. Sin embargo, fueron los italianos los que sufrieron una segregación explícita. Fueron los “tanos” que, sin saberlo, se enfrentaron al “criollo”.

Hay una razón que puede explicar esta forma de marginación: las comunidades española e italiana fueron las que llegaron masivamente, frente a las minorías migratorias de otros países europeos. La afirmación, aunque reiterativa, no es menor. Ya en vísperas de El Centenario, en 1910, la ciudad de Buenos Aires reconocía una población extranjera del 46%, porcentaje del cual, prácticamente la mitad eran italianos y un 25%, españoles6.

De manera muy perspicaz, Diego Armus lo señala en su trabajo: “Mirando a los italianos. Algunas imágenes esbozadas por la elite en tiempos de la inmigración masiva7.

Sea por la fuerza de las cifras -más de seis millones de inmigrantes y algo más de la mitad de ese total radicado en forma definitiva-, sea por su significación en la vida cotidiana -desde el idioma hablado en la calle a las comidas-, tales comentarios revelan cuánto y cómo el fenómeno inmigratorio impregnó la Argentina inmigratorio. Se trata, en verdad, de referencias que dan cuenta de las lecturas y anotaciones con que algunos grupos de la elite discutieron los avatares y consecuencias de un impacto inmigratorio que, a un mismo tiempo, conformaba y alteraba a la sociedad toda.

Como inocultables evidencias algunas veces, como sugerencias apenas insinuadas otras, ese desordenado cuadro de imágenes y enfoques casi siempre expresó una parte del mundo, el interpretado o directamente vivido por quienes de uno o de otro modo se proponían dirigir la vida de la gente. Profesionales, políticos, funcionarios públicos de jerarquías, ensayistas, en fin, personajes vinculados en distinta medida al Estado o a los poderes fácticos, reflexionaron sobre la realidad poblacional y en ciertos casos sugirieron políticas demográficas.

Así quedó conformada y manifiesta la oposición “Criollo” / los distintos “gentilicios” que designan al recién llegado, al extranjero. En especial respecto del italiano.

Díaz Salazar en su “Vocabulario Argentino8 (1911), organiza mediante la lengua una segmentación social:

Criollo, lla. Adj. Nacional; propio y peculiar de la Argentina.

Criollismos.m. Los criollos tomados en general. // Palabra, frase o giro peculiar de la Argentina.

Gallego, ga. S.m. y fem.fam. Español, cualquiera sea su lugar de nacimiento. Sólo se puede hacer una excepción cuando se trata de vascongados, a los que no se les llama, ni gallegos, ni españoles sino vascos.

Tano, nas.m. fam. Napolitano

Gringo, gas.m. y fem. fam. Aplícase a los extranjeros que hablan mal la lengua castellana. Dícese especialmente de los italianos.(las cursivas son mías).

A partir de este momento -en este trabajo- “gringo”9 es sinónimo de “tano”. Así el inmigrante italiano fue segregado por y desde la lengua. Aunque no fue el único motivo esta situación; la otra circunstancia que es necesario sumar es el aluvión “gringo”, analfabeto10 en su gran mayoría, que conformaba un colectivo dispuesto a cualquier forma de trabajo, con profesiones precisas11. Trajeron incluso, hasta una conciencia de gremio. Fue entonces cuando el trabajo agravó el enfrentamiento entre “criollos” y “gringos”. José Luis Romero lo explica con claridad en Breve historia de la Argentina12.

Aquella situación era explicable, porque el inmigrante comenzó a crear una economía en la que él predominaba, y quebraba con ella el sistema de vida en la que la masa criolla podía conservar su humilde dignidad y el modesto goce de su espontánea vida espiritual. Pero, puestas en contacto las dos formas de vida económica, la derrota era inevitable para la tradicional, el triunfo seguro para la nueva; de modo que fue despertando cierta hostilidad, que el criollo ponía de manifiesto en el sordo menosprecio con que llamaba gringo al inmigrante; porque, en efecto, el inmigrante desplazaba al criollo y creaba un nivel de eficacia económica que situaba a éste último en una posición inferior en lo económico, y, muy pronto, en lo social.

El Censo Nacional Argentino de 191413 ayudará a comprender lo anteriormente afirmado: el temor manifestado por la clase dirigente, pocos años antes. Ya celebrado El Centenario hay cifras lo suficientemente significativas.

Los italianos poseían el 32% de todas propiedades urbanas en la ciudad de Buenos Aires. Pero el 41% de aquel porcentaje se concentraba en la circunscripción 1°14. (Zonas abandonadas debido a la fiebre amarilla de 1871 y a la epidemia de cólera de 1886, durante la presidencia del Dr. Juárez Celman.15).

Se puede hablar entonces, de un menosprecio en un sentido amplio, que en el caso del italiano se verificará como forma de xenofobia en la vida cotidiana y en algunas obras literarias de la época. Como ejemplos bastarán mencionar los textos de Antonio Argerich: “¿Inocentes o culpables?” (1884), cuyo protagonista es Giuseppe Dagiore, de profesión fondero, que reúne las peores actitudes del “gringo”. Y enEn la sangre de Eugenio Cambaceres (1887), cuyo protagonista Genaro, aunque argentino, mantiene y perfecciona los vicios de sus padres italianos, herencia que puede leerse en clave naturalista.

Los italianos no poseen la lengua española ni el capital económico, razón por la cual son desplazados social y hasta geográficamente. Dicha situación la atestigua Aníbal Latino en uno de los tantos cuadros costumbristas que presenta como mero observador, en “Tipos y costumbres bonaerenses16”.

Un día me hallaba de visita en casa de una señora, dueña de una casa situada en la calle Maipú entre las de Corrientes y General Lavalle, desalquilada en aquel entonces. Cuando más distraídos estábamos, la sirvienta vino á decir que unos forasteros preguntaban por la casa.

- Hágalos pasar para el gabinete. Con permiso de vd., señor Latino; vengo al instante.

- Ud. es dueña, señora.

- Y como quiera que mi espíritu, al parecer reposado y tranquilo, pero en realidad turbulento é inquieto, no me permite estar ocioso dos minutos en parte alguna, levanteme detrás de la señora y me aproximé á la puerta del gabinete que estaba contiguo, para ver la catadura de los buscadores de casa. Cuando vi un hombre ya más que maduro, con sombrero de paja y vestido claro -estábamos en riguroso invierno- quemado por el sol, denunciando su travesía por el Océano; una señora que pudo y debió ser algo más simpática en algún tiempo, con un sombrero que estuvo de moda hace diez años atrás, y un traje que revelaba los adornos y combinaciones de la modista casera, y por último una niña de unos doce ó trece años, rubia y bella, pero no mucho más lujosamente, ni propiamente ataviada que sus padres, estuvo por soltar la carcajada, adivinando que esa gente novicia venían creyendo con la mayor candidez que se quedarían con la casa. Juzgué más provechoso, sin embargo, aplicar el oído, y enterarme de la conversación que referiré con su sabor original...

- Veniva por quella casa que lei ha nella calle Maipú – dijo mezclando al italiano las pocas palabras castellanas, que ya aprendido.

- Creo que no le convendrá el precio -contestó la señora ya escamada y adivinando, como yo, el error en que estaban aquellos italianos.

- Ma, chi sa... Che prezio ha?

- Noventa nacionales al mes.

- Novanta nacionales sono... ¿ma dica, non sono come quattro cento cincuanta francos...?

- Una cosa así.

- ¡Ma scusi, lei si equivoca, sicuro! ¿Debe voler dire all´anno?

- No, señor, al mes; por eso le dije que no le convendría. En Buenos Aires son muy caras las casas.

- Per Dio Santo!...exclamó el italiano mirando asombrado á su mujer y á su hija.

- A este punto no pude contener la risa y retíreme un poco para soltarla á mi gusto.

- No, non ci conviene - y se fueron.

- Me he acordado que á las dos y media tenía que asistir á una reunión y ya son las tres menos cuarto, doña Luisa. Otro día vendré más despacio. – Y salí detrás de ellos.

- Sacramento -iba diciendo mi hombre por la calle- ma non é possibile. Quella signora dev´essere troppo rica, ó non ci siamo piacciutti e per ció ci ha chiesto cosí raro.

- Pero vieron otras casas, y debió repetirse en todas la misma escena, á juzgar por las exclamaciones que yo les sorprendía al salir de ellas, porque empeñado en saber el resultado de aquellas pesquisas, seguíalos de lejos, aproximándome sólo cuando los veía salir de alguna casa. A medida que iban convenciéndose de su inocencia y de su engaño, iban alejándose del centro de la ciudad, en la suposición y esperanza de hallar en las afueras la anhelada baratura; pero por más que llegaron hasta Almagro, no pudieron acomodarse en parte alguna. Entonces, desandando poco á poco el camino, la emprendieron con las piezas: empezaron con tres, luego buscaron dos y por último, desesperados, rendidos, desfallecidos, dados á todos los diablos, renegando de América, se quedaron con una, cerca del mercado de Rivadavia en una casa de no muy buen aspecto, de esas que son un término medio entre los conventillos y las casas de familia de la clase media.

- Casos como este, ó parecidos, podría referir muchos.

La cita, aunque extensa, ilustra la situación del ”gringo” en esta doble situación lingüística-económica.

Para finalizar -sin olvidar el arco temporal 1880-1914-, y teniendo en cuenta que la propuesta excede las posibilidades de este trabajo, se puede concluir que los italianos fueron segregados por la carencia de dos capitales fundamentales. El capital económico que los limitaba desde la llegada a estas tierras, y que consiguieron -como el resto de las comunidades- con trabajo y sacrificio y e l capital lingüístico que no lograron adquirir sino a medias.

Esto hizo sumar sumar a la incipiente cadena semántica denigradora, las voces “cocoliche” y “bachicha”. Tobías Garzón17 las define como:

Bachicha. s. m. fam. Arg. Extranjero ordinario, de baja estopa y que no es español. Dícese particularmente de los italianos. Tiene mucha afinidad este nombre con el tano. u.t.c.adj., calificando a gringo como expresión de encarecimiento.

Cocoliche. adj. Arg. Perteneciente al cocoliche.// s.m. Arg. Lenguaje híbrido que usan los extranjeros, particularmente los italianos ignorantes de nuestra lengua, en el que emplean voces muy incorrectas, macarrónicas y heteróclitas. // fam. Arg. Italiano18 que habla de este modo. (El subrayado es mío).

Notes

[1]Este trabajo fue realizado para el Seminario de Doctorado: Estudios sociocríticos. La epigrafía social: un sociograma y un sociodrama de la ciudad de Buenos Aires entre 1880 y 1910. El derecho, la ley, la criminología, la inmigración, la sanidad social, la psiquiatría como fundamentos de la herencia, el atavismo y la degeneración en la textualidad de la época y en especial relación con la literatura, dictado por el Doctor Nicolás Rosa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1998). Ortega Munilla, José: De Madrid al Chaco: un viaje a las tierras del Plata, Madrid, Biblioteca Patria, s/f.

[2] Garzón, Tobías Diccionario Argentino, Barcelona, Imprenta Elzeviriana de Borrás y Mestres, 1910.

[3]Ciudad de Buenos Aires, Censos Municipales de. 1904 y 1909. Y República Argentina, Censo Nacional de 1914.

[4]G. Ceppi adopta el seudónimo de Aníbal Latino, y escribe Tipos y costumbres bonaerenses, en 1886.

[5]Aunque en este punto es imprescindible señalar una diferencia esencial entre el sueño sarmientino y los hombres del ´80. Para el autor de Facundo el campo era el escenario de la barbarie; y la ciudad, el único lugar posible para la civilización en tierras americanas. Poblar la Argentina dependía – necesariamente – de la presencia de inmigrantes “civilizados” (europeos del norte, fundamentalmente). Para la dirigencia del ´80, que vivirá la decepción de una inmigración en su mayoría analfabeta, se invierte ese tópico, y el campo es el espacio positivo, mientras que la ciudad (Buenos Aires) es la puerta abierta que admitía la llegada de cualquier tipo de sujeto. Tal vez, esto contribuya a comprender la relevancia repentina de la figura del gaucho, del criollo, que devuelve el sentido de la “tradición” y del campo como espacio edénico, no contaminado.

[6]Ciudad de Buenos Aires, Censo Municipal de... 1909.

[7]Armus, Diego: “Mirando a los italianos. Algunas imágenes esbozadas por la elite en tiempos de la inmigración masiva.”, en Devoto, Fernando y Gianfausto Rosoli, (editores) La inmigración italiana en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2000.

[8]Díaz Salazar, Diego: Vocabulario Argentino, Neologismos: refranes. Frases familiares & usados en la Argentina, Buenos Aires – Barcelona, Editorial Hispano-Argentina, 1911.

9Ya José Henández en el Martín Fierro daba cuenta del italiano, por ejemplo en: “Era un gringo tan bonzal / que nada se le entendía / ¡quién sabe de ande sería! / Tal vez no juera cristiano / pues lo único que decía / es que era pa-po-li-ta-no. Hernández, José. Martín Fierro. Buenos Aires, Losada, 1963.

[10]Las estadísticas de analfabetismo entre los italianos que arrojan los distintos censos son las siguientes: Primer Censo Nacional (1869), el 57% eran analfabetos; en el Segundo Censo Nacional, en 1895, el porcentaje es del 42%; y el del Tercer Censo Nacional (1914) es del 36,3%. Toda la población (nativos y extranjeros) alcanza porcentajes del orden el 77,4% (1869); 54,4% (1895); y 35,1% , en el Censo de 1914.

[11]Eran agricultores el 28%, jornaleros, el 26%; albañiles y cocineros sumaban un 2%; igual porcentaje las mujeres sin profesión declarada; un 3%, comerciantes; clérigos, costurera, sombrereros y empleados domésticos conformaban el 6% y otro 2% el ramo de los tejedores. Datos extraídos de Nascimbene, “Orígenes y destinos de los italianos en la Argentina: 1835 -1970”, en F. Korn (comp.), Los italianos en la Argentina, Buenos Aires, Agnelli, 1983.

[12]Romero, José Luis: Breve historia de la Argentina, Buenos Aires,1979.

[13]República Argentina, Tercer Censo Nacional de ... 1914, 10 vols. (Buenos Aires, 1916 – 4: 3-6).

[14]La circunscripción 1°correspondía en el plano de la ciudad, a la sección 14°, denominada San juan Evangelista (Iglesia de la orden salesiana) y que es el actual barrio de La Boca. Esta división corresponde a la realizada por Don Pedro de Uzal, en 1872. “Plano de la Ciudad y Municipio de Buenos Aires, “construído” por D. Pedro de Uzal, en Taullard, Alfredo: Los planos más antiguso de Buenos Aires 1580-1880, Buenos Aires, Edit. Jacobo Peuder S.A., 1940.

[15]Bordi de Ragucci, Olga: Cólera e inmigración 1880 –1900, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1992.

[16]Latino, Aníbal: (1886) “ Buscando casa”, en Tipos y costumbres bonaerenses, Hypamérica, Buenos Aires, 1984.

[17]Garzón, Tobías: op.cit.

En la sangre- Eugenio Cambaceres- complementos 2


Graciela Villanueva

La imagen del inmigrante en la literatura argentina entre 1880 y 1910

Table des matières

Una literatura de tesis
El crisol de razas como tesis defendida o condenada en la novela y en la vertiente mayor del teatro
El crisol de razas como presupuesto en la narrativa breve y en el sainete
Textualidad y transtextualidad en la construcción de una ideología

El proceso de integración de esa figura de la alteridad que un extranjero inevitablemente representa sólo es posible a partir de la construcción de una experiencia compartida de manera relativamente homogénea en la memoria colectiva de un pueblo. En esta construcción de una memoria común, la literatura -entendida en un sentido amplio- desempeña un papel fundamental. En las tres décadas que van desde 1880 hasta 1910 la polémica sobre el extranjero en la literatura argentina se lleva a cabo no sólo en el ensayo y en el debate público (parlamentario, periodístico o de otro tipo), sino también en los textos de ficción que, en forma un poco menos directa pero igualmente importante, participan en los combates que se libran en el campo de las ideas. Los textos significativos que pueden estudiarse para comprender este proceso pertenecen, en efecto, a géneros discursivos muy diversos: narrativa (cuentos y novelas, editados a menudo en forma de folletín en periódicos de la época), teatro (obras largas y sainetes), textos descriptivos y argumentativos (ensayos, crónicas periodísticas, artículos de opinión y cuadros de costumbres), textos de leyes que reglamentan el estatuto jurídico del extranjero (desde la ley de “Inmigración y Colonización” de 1876 hasta la ley de “Defensa Social”, promulgada en 1910 para proporcionar un instrumento legal que permitiera expulsar al extranjero indeseable en forma expeditiva).
Como resulta imposible presentar aquí la complejidad del corpus literario argentino producido en aquellos años en torno a la figura del inmigrante, vamos a limitarnos a elegir algunos ejemplos de ficción narrativa y dramática sobre el extranjero y vamos a mostrar cuáles fueron los puntos de vista sobre el tema que estos textos dejaron oír, es decir de qué manera la novela, el cuento y el teatro participaron en el debate público sobre la cuestión inmigratoria entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX en Argentina.
Una literatura de tesis
Hablar de intervención de la ficción en un debate público supone considerar que ciertas obras de la literatura argentina sobre el extranjero fueron obras “de tesis”. Pero ¿Qué es la “literatura de tesis”? Para definir un género que, históricamente, ha sido con mucha mayor frecuencia objeto de pasión y de condenas encendidas que de análisis sistemático y refutaciones argumentadas, retomemos la caracterización, voluntariamente intuitiva y formal, que Susan Rubin Suleiman da al comienzo de su trabajo sobre la novela de tesis:
Je définis comme roman à thèse un roman “réaliste” (fondé sur une esthétique du vraisemblable et de la représentation) qui se signale au lecteur principalement comme porteur d’un enseignement, tendant à démontrer la vérité d’une doctrine politique, philosophique, scientifique ou religieuse1.
Desgajamos de esta primera definición dos elementos: a) la inscripción del texto dentro del canon realista y b) el hecho de que la ficción sea, ante todo, portadora de doctrina. He aquí lo esencial, pero más allá de estos dos rasgos fundamentales, para completar la definición de los géneros de tesis es preciso señalar que el tercer rasgo fundamental es la ausencia de toda ambigüedad (es decir por la voluntad de reducir la pluralidad de significaciones inherente a la obra de arte, de alcanzar un sentido virtualmente único), algo que se busca conseguir a través de la redundancia, la presentación de un mundo dominado por el maniqueísmo (en el cual la separación entre los buenos y justos y los malos y pecadores resulta siempre clara2) y la interpretación casi sistemática de la acción desde el interior del propio texto de ficción. Si se tienen en cuenta todos estos elementos, resulta evidente que una obra de tesis tiene un sentido que va más allá de los hechos que evoca y de los personajes que presenta: en tanto el objetivo fundamental de un texto es la transmisión de una enseñanza, la historia relatada o puesta en escena sólo existe para dar lugar a una interpretación. Y dicha interpretación, en realidad, es sólo un modo de llegar al verdadero objetivo de toda la estrategia discursiva: la exhortación final, la inferencia de una regla de acción a partir de lo que acaba de leerse3.
El crisol de razas como tesis defendida o condenada en la novela y en la vertiente mayor del teatro
En el período comprendido entre 1880 y 1910, las historias que la ficción argentina narra o pone en escena tienen que ver con la vida del extranjero en la tierra en la cual ha decidido intalarse, con sus éxitos y fracasos, con sus proyectos y sus relaciones, amistosas o conflictivas, con los nativos. De este esquema surgen lógicamente dos tesis contrapuestas: o bien que la presencia del extranjero es positiva para el país (de lo cual se infiere que el nativo debe hacer todo lo que esté en sus manos para ayudarlo), o bien que dicha presencia es nociva y que la decisión de abrir las puertas al extranjero constituye un gran error (de lo cual se infiere que el nativo debe hacer todo lo que pueda para dificultar su integración). La tesis xenófila presenta una variante más idealizada (en la cual la paz impregna cada instante del encuentro fraternal entre nativos y extranjeros y el crisol de razas se realiza como por arte de magia) y una variante más dura (en la cual el encuentro da lugar a múltiples conflictos y el crisol de razas se logra sólo a partir de la superación de las tensiones y de los recelos del enfrentamiento inicial)4. Ejemplos que ilustran una versión más o menos idealizada de la tesis xenófila en la literatura argentina de aquellos treinta años son Bianchetto de Adolfo SALDÍAS (1896), Promisión de Carlos María OCANTOS (1897), Libro extraño de Francisco SICARDI (1894-1902) y Los gauchos judíos de Alberto GERCHUNOFF (1910). Ejemplos que ilustran en cambio la tesis xenófoba son ¿Inocentes o culpables? de Antonio ARGERICH (1884), En la sangre de Eugenio CAMBACERES (1887) y La Bolsa de Julián MARTEL (1891). Entre los ejemplos que mejor ilustran la tesis del crisol de razas que resulta de la superación de un conflicto previo podemos citar dos obras de teatro: La gringa de Florencio SÁNCHEZ (1904) y Marco Severi de Roberto PAYRÓ (1905).
Los cuatro textos citados como ejemplos de la ideología xenófila cuentan historias de inmigrantes que triunfan en Argentina. En Bianchetto de Adolfo SALDÍAS, un niño huérfano deja los suburbios de Génova para transformarse en un verdadero gaucho argentino, virtuoso y patriota, en un campo presentado como tierra de trabajo, prosperidad y realización plena del crisol de razas. Promisión de Carlos M. OCANTOS cuenta la historia de varios inmigrantes europeos (varios franceses, varios ingleses y un alemán) que consiguen en Argentina (“tierra de promisión”, “tierra de redención”) la justa recompensa a sus esfuerzos. Acerca del Libro extraño, larguísima novela de Francisco SICARDI, diremos que concluye con la historia de un inmigrante vasco y de su hijo, hombres honestos y laboriosos presentados como figuras de síntesis capaces de proponer una solución a la oposición entre aquellos católicos y anarquistas que, con sus interminables disputas, impedían que se construyera un futuro venturoso para la Argentina. Los gauchos judíos de Alberto GERCHUNOFF narra las peripecias de los colonos judíos en un país presentado como una nueva Tierra Prometida para los exiliados de Europa del Este, un país en el que reina la armonía, en el que los judíos podrán dejar los oficios a los que la diáspora los ha condenado para volver al trabajo de la tierra y en el que lograrán, por fin, integrarse.
En el otro polo del espectro ideológico ¿Inocentes o culpables? de Antonio ARGERICH narra la vida de un inmigrante italiano que pasa de la estupidez a la locura, de una esposa (también hija de italianos) que pasa de las ensoñaciones futiles al adulterio y de un hijo que, tras haber pasado de la vagancia al vicio, desemboca en el suicidio. En la sangre de Eugenio CAMBACERES cuenta la historia de un hijo de inmigrantes napolitanos que, a fuerza de engaños, robos y mentiras, asciende en la escala social para incrustarse en el mundo de los aristócratas criollos, crédulos y virtuosos, y contaminarlo. La Bolsa de Julián MARTEL desarrolla tesis antisemitas en un período en el que la inmigración judía en Argentina era prácticamente inexistente: las desventuras de un protagonista que, en un país gobernado por funcionarios corruptos y manipulado por usureros judíos, se entrega a la especulación para plegarse a las tendencias de su época y que termina ganado por la demencia, se leen entonces como una historia ejemplar que busca alertar a los argentinos acerca de los riesgos de una apertura indiscriminada del país a los inmigrantes europeos.
La tesis del crisol de razas que se logra gracias a la superación, más o menos trabajosa, de un conflicto inicial entre nativos y extranjeros es la que con mayor frecuencia aparece en el teatro. La gringa de Florencio Sánchez pone frente a frente a una familia de colonos italianos y a una familia criolla. El hijo del gaucho y la hija del inmigrante italiano se enamoran. Su unión, al final de la obra, presagia el nacimiento de una nueva raza. El planteo de Marco Severi apunta en el mismo sentido, pero tiene más que ver con lo político. El protagonista es un inmigrante italiano de ideas progresistas a quien la justicia de su país de origen persigue porque en el pasado, en un momento de desesperación, Severi cometió delito de falsificación con el fin de procurarse el dinero necesario para curar a su madre enferma. La Argentina aparece como un país en que el inmigrante italiano podrá, a pesar de la oposición de algunos, realizar sus sueños: fundar una cooperativa para compartir con sus empleados la propiedad de la empresa en la cual todos -nativos o extranjeros- trabajan codo con codo y en armonía.
El crisol de razas como presupuesto en la narrativa breve y en el sainete
Si la novela argentina suele caer en planteos maniqueos y si la representación del conflicto entre nativos e inmigrantes en el teatro parece apuntar a exaltar mejor el crisol de razas, el mundo postulado por otros géneros literarios -los cuentos, las nouvelles y aquellos sainetes que fueron tan populares desde fines del siglo XIX en Argentina- presenta algunos otros matices. Se trata de un mundo en el que, si aparece el conflicto, los personajes logran, a pesar de todo, convivir. Un mundo en el que el punto de vista y la voz del extranjero tienen mayores posibilidades de ser oídos. Un mundo en el que conflicto e integración son las dos caras de una misma moneda. El humor es un elemento esencial en este universo, tanto en los cuentos como en las nouvelles como en el sainete.
El planteo típico de la narrativa breve queda claro si evocamos el argumento de El casamiento de Laucha, nouvelle de Roberto PAYRÓ: un joven acosado por la miseria abandona su provincia natal y lleva una vida errante de pueblo en pueblo hasta que logra que hacerse contratar por doña Carolina, una viuda italiana que posee un almacén de ramos generales en el campo, cuya simpatía sabe ganarse el pícaro Laucha. Carolina empieza por ceder al joven criollo un porcentaje sobre las ganancias de su comercio y, más tarde, le pide que se case con ella. El protagonista, para quien casarse con una gringa constituye un motivo de vergüenza, encuentra en un cura napolitano instalado en la región el cómplice ideal para fingir una boda sin que la novia se dé cuenta. Una vez “casado”, Laucha se dedica a dilapidar la fortuna de su mujer y, cuando ya no queda un céntimo, huye, después de revelar a Carolina la verdad (o mejor dicho la mentira) sobre su casamiento.
Como podemos constatar a través de este breve resumen de la nouvelle de PAYRÓ, es imposible oponer aquí nativos a inmigrantes y/o clasificar a unos y otros en un sistema maniqueo de buenos y justos contra malos y pecadores. En efecto, los cuentos y las nouvelles de la época (géneros cuyos ejemplos más logrados provienen siempre de la pluma de aquellos dos grandes escritores argentinos que fueron FRAY MOCHO y Roberto PAYRÓ5) presentan un mundo en el que hay nativos corruptos y nativos honestos, inmigrantes corruptos e inmigrantes honestos. Y, como en la vida, puede suceder que los corruptos no sean sólo (o no sean siempre) simplemente corruptos y que los honestos no sean sólo (o no sean siempre) simplemente honestos.
El sainete presenta también un punto de vista particular. Mientras que en las obras de teatro tradicionales (obras “largas”, de la llamada “vertiente mayor”) que plantean el tema del encuentro entre nativos y extranjeros, la voluntad de defender una tesis está casi siempre presente, el objetivo -más modesto- del sainete es mostrar simplemente cómo se mezclan personajes de toda índole y de todo origen, para deleite de un público tan heterogéneo como quienes desfilan por el escenario. En los sainetes, así como en la narrativa breve, el crisol de razas parece ser un presupuesto más que una tesis: no se trata simplemente de una posibilidad que se desea y en pos de la cual se milita, sino de un hecho, de la consecuencia inevitable de algo que se presenta como un proceso que ya nada ni nadie pueden detener. Entre los cientos de sainetes de aquella época en los que la presencia del inmigrante ocupa un lugar fundamental citaremos Don Pascual de PARDO y PRIETO (1894), Los disfrazados de Carlos M. PACHECO (1906) y Los inquilinos de Nemesio TREJO (1907).
Don Pascual pone en escena a un estanciero criollo rústico e incapaz de adaptarse a las modas de Buenos Aires que su esposa y sus hijas se esfuerzan por imponerle, que termina confundiendo al pretendiente de una de las muchachas con el futuro cochero de la familia, y al aspirante al puesto de cocinero (cojo y bizco, pero francés) con el diplomático al que ama su segunda hija. Los disfrazados presenta un ambiente mucho más popular: la circunstancia (el carnaval) y la peripecia amorosa de engaño y venganza sobre la que se articula la acción dramática sirven sobre todo para que desfilen por el patio del conventillo diversos y pintorescos personajes del pueblo y, naturalmente, muchos inmigrantes -especialmente italianos- que se expresan en aquella particular mezcla de español e italiano bautizada en Argentina con el nombre de cocoliche. Al igual que en Los disfrazados, la acción de Los inquilinos también tiene lugar en un conventillo donde se cruzan el tano verdulero, el gallego administrador y el judío que especula. La obra parte de un episodio real, la huelga de inquilinos de Buenos Aires en 1907, en protesta contra los altos precios de los alquileres. Después de una manifestación durante la cual los inquilinos exponen sus argumentos ante el propietario y ante el administrador del conventillo, la obra culmina en la espera de una decisión de la justicia.
Como podemos constatarlo a través de estos tres ejemplos, los sainetes presentan el punto de vista de las clases populares y entonces, al menos parcialmente, el punto de vista de los inmigrantes. El mundo que bosquejan es a menudo caricatural, pero las oposiciones y tensiones entre los personajes no están en absoluto planteadas en términos de una oposición nativos vs. extranjeros.
Textualidad y transtextualidad en la construcción de una ideología
Hemos resumido las líneas esenciales de los argumentos de ciertas obras representativas de la ficción argentina sobre el inmigrante. Hemos mostrado cómo dichos argumentos funcionan no sólo en un nivel argumental, sino también en un nivel argumentativo. Es preciso recordar, sin embargo, que los hechos que una obra narra o pone en escena no son más que un aspecto -esencial por cierto, pero un aspecto entre otros- de un texto de ficción. Si buena parte de los ejemplos elegidos pueden ser considerados como obras de tesis es porque los rasgos esenciales del género (adopción del canon realista, transmisión de una doctrina, ausencia de ambigüedad, redundancia, presentación de un mundo dominado por el maniqueísmo e interpretación casi sistemática de la acción desde el texto mismo) se verifican. Esta coherencia es lo que explica la fuerza de la imagen del extranjero en la ficción argentina y la fuerza de la ficción argentina en el debate sobre la cuestión inmigratoria. Todas las obras de las que hemos hablado se inscriben dentro de un canon realista6. Es evidente también que el mensaje doctrinal de los textos en los que puede desgajarse una tesis a favor o contra el extranjero es un elemento fundamental de su lectura. Ahora bien, en las obras de tesis (que son fundamentalmente novelas y obras de teatro “largas”) la ausencia de ambigüedad sólo puede lograrse en la medida en que todos los niveles de construcción del texto apuntan en el mismo sentido. De la historia ejemplar que los personajes inmigrantes viven o padecen se desprenden ciertas significaciones, pero ellas adquieren fuerza de tesis en la medida en que los factores constructivos refuerzan su sentido. En otras palabras: los factores constructivos tienen una clara dimensión ideológica. Esta ideología de la forma (una dimensión que subvierte radicalmente la tradicional dicotomía fondo/forma), menos evidente que la ideología de los hechos narrados, dista mucho de ser un elemento aleatorio en el funcionamiento de un texto literario. Los procedimientos del nivel textual y aun los del nivel que Genette denomina transtextual7 constituyen, en efecto, verdaderas estrategias de argumentación, estrategias que pueden ser estudiadas tanto en las obras que hemos citado como en todo el corpus de la literatura argentina sobre el extranjero. Dado que resulta imposible realizar aquí un análisis ideológico detallado de todos estos procedimientos, nos contentaremos con señalar algunos rasgos generales del funcionamiento del nivel textual (los nombres propios, la representación del habla de los personajes extranjeros, las imágenes utilizadas para describirlos) y algunos rasgos del nivel transtextual (las referencias intertextuales, el tono, la opción por determinados géneros literarios, los títulos o subtítulos elegidos para introducir o puntuar el relato). Aspiramos a que a través de estos ejemplos quede claro que, por importante que sean los hechos presentados por textos que se postulan a sí mismos como “realistas”, el análisis argumental no basta para explicar la fuerza de la ficción en el debate sobre la cuestión inmigratoria.
En la ficción argentina sobre el extranjero los nombres propios en general y los nombres de los extranjeros en particular tienen una importancia capital, ya que el procedimiento que podemos llamar de motivación onomástica se verifica una y otra vez. Dicho en términos muy simples: no es lo mismo llamarse Máxima o Crescencia que Genaro o Angustias, ni es lo mismo ser Severi que Pelagatti8. Y algo similar puede decirse de las diversas imágenes, comparaciones y metáforas empleadas para designar o describir al personaje extranjero en la ficción argentina9. La imagen del inmigrante será completamente distinta si éste es comparado a una ninfa, una diosa o un angelote10 o si se lo identifica con una mariposa o con una luciérnaga11 que la ficción se obstina en destacar su parecido con cerdos o sapos12, reptiles o perros13, microbios o llagas infectadas14, vampiros o culebras15.
La representación del habla de los personajes extranjeros tiene también una dimensión ideológica. En este ámbito es preciso considerar, en primer término, el acento particular del español hablado por el personaje inmigrante16 y, en segundo término, la cuestión del voseo en boca de un extranjero. Para sintetizar el primer aspecto diremos simplemente que la torpeza del inmigrante que habla español con acento extranjero, en tanto por lo general hace reír, resulta mucho más frecuente en la literatura xenófila que en la literatura xenófoba: la risa es placentera y, aun si se la concibe como un medio para degradar al personaje inmigrante, se corre el riesgo de que se vuelva un fin en sí misma, empañando la redundancia, que es conditio sine qua non en un texto que aspira a demostrar una tesis. Para resumir lo esencial del segundo aspecto (la cuestión del voseo) es preciso aclarar previamente que si durante muchos años los personajes originarios de toda la zona del llamado litoral argentino (es decir los hablantes del dialecto rioplatense del español) en la literatura casi siempre dijeron “tú”, en la realidad exterior a los libros siempre dijeron “vos”, aunque algunos intelectuales se hayan obstinado en negarlo con argumentos supuestamente científicos y aunque la academia y el sistema escolar se hayan empeñado durante muchos años en presentar al voseo como un rasgo de inferioridad del idioma de los argentinos17. Este matiz desvalorizador (que no es el único, pero que es muy frecuente en la percepción del voseo) aparece en la literatura de tesis contra el extranjero cuando personajes degradados y, en particular, inmigrantes o hijos de inmigrantes dicen vos (es lo que ocurre en un pasaje de ¿Inocentes o culpables? de Argerich y en varios pasajes de En la sangre de Cambaceres)18.
Para ejemplificar la dimensión ideológica del nivel transtextual, hablaremos brevemente de las referencias intertextuales, del tono (elemento hipertextual), de la opción genérica (elemento arquitextual) y del título (elemento paratextual) en uno solo de los textos de ficción ya presentados: Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff (1910). En este libro de estampas y relatos breves que presenta a la Argentina como tierra bendita, lugar soñado donde el encuentro entre nativos y extranjeros se resuelve pacíficamente en un mágico crisol de razas, se reiteran espacios y personajes y no hay prácticamente hilos narrativos que hilvanen las diversas historias referidas. La opción por el tono serio y el uso de ciertos recursos arcaizantes (tales como el adjetivo antepuesto, el léxico rebuscado, las comparaciones épicas y el pronombre enclítico con verbos conjugados en indicativo) evocan, además de las citas directas, el intertexto del relato bíblico. Imitar el texto sagrado es, para Gerchunoff, una manera de conferir autoridad suplementaria tanto a su propio texto como a la tesis del crisol de razas en él defendida. La opción por lo descriptivo, el estilo arcaizante y el desplazamiento a un segundo plano de los lazos temporales y causales forman parte de una estrategia que no sólo es estética sino fundamentalmente ideológica: erigir un mundo sin tiempo, el cuadro de una paz y una plenitud exentas de las vicisitudes de lo cotidiano. Lo descriptivo (lo inmóvil, lo estático) contiene y fija la dinámica de la narración, como para reprimir la aparición de tensiones y conflictos y plasmar artísticamente la equivalencia entre Argentina y la Tierra Prometida. Por otra parte el título (elemento fundamental del paratexto de autor), a través de la unión inesperada del sustantivo gauchos y del adjetivo judíos, apunta en la misma dirección, puesto que parece postular la existencia efectiva de lo que nombra. Voluntarismo de un escritor nacido en el seno de una familia inmigrante, de un autor que, aunque no ignora las dificultades y las tensiones reales entre los nativos y los extranjeros de carne y hueso de la Argentina de principios del siglo XX, prefiere afirmar que la fusión entre el criollo y el extranjero ya se ha llevado a cabo y que ya ha surgido una nueva figura, la del “gaucho judío”, condensación y materialización, en su eficaz brevedad, del éxito del proceso de integración19.
Los argumentos a favor o en contra del inmigrante pueden leerse no sólo en las historias narradas o puestas en escena por la literatura argentina, sino también en los factores constructivos con que los escritores levantaron sus edificios narrativos o dramáticos. A través de la lectura de los textos que trataron la cuestión del inmigrante entre 1880 y 1910, el lector de hoy -separado del contexto en el cual estas obras fueron concebidas, publicadas y leídas por todo un siglo de historia y todo un siglo de literatura- puede reconstruir el apasionante debate de un país que, hace apenas cien años, estaba tratando de saber qué era, qué había sido y qué había dejado de ser. Un país que procuraba definir lo que quería, lo que debía o, simplemente, lo que podía ser y hacer. En este nuevo fin de siglo en que pululan xenofobias de toda laya y en que globalización suele rimar con marginación y miseria, rememorar la historia de los extranjeros del pasado y reflexionar sobre ella se vuelve una práctica necesaria. Para desarrollar nuestra tolerancia. Para defender el derecho a la diferencia.
Bibliographie
ARGERICH, Antonio, ¿Inocentes o culpables?, Buenos Aires: Imprenta del “Courrier” de la Plata, 1884.
CAMBACERES, Eugenio, En la sangre, 1887 (primera publicación como folletín en Sudamérica de Buenos Aires), edición consultada: Buenos Aires: Colihue, 1988.
FRAY MOCHO, José S. ÁLVAREZ, Cuentos, 1906, edición consultada: Buenos Aires: Tor, 1947.
GENETTE, Gérard, Palimsestes. La littérature au second degré, Paris, Editions du Seuil, 1982.
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SÁNCHEZ, Florencio, La gringa, 1904, edición consultada: Buenos Aires: Kapelusz, 1967.
SICARDI, Francisco, Libro extraño, 1894-1902, edición consultada: Buenos Aires/Barcelona: F. GRANADA y Cía. Editores, s/f, dos volúmenes.
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SZTRUM, Marcelo, “Esta debe ser, es, deseo que sea otra lengua: evolución de la idea de idioma nacional argentino”, en: Les représentations de l'Autre dans l'espace ibérique et ibéro-américain II, Paris, Presses de la Sorbonne Nouvelle, 1993.
TREJO, Nemesio, Los inquilinos, 1907, edición consultada: Breve Historia del teatro argentino, Buenos Aires: Eudeba, 1963, volumen VI.
VILLANUEVA, María Graciela, “Metamorfosis de la imagen del extranjero en las novelas de Eugenio Cambaceres” (en: Cambio y Permanencia, Paris: revista Río de la Plata Nº 17-18, CELCIRP 1996-1997), “La imagen del extranjero en la literatura argentina de 1910: Manuel Gálvez y Alberto Gerchunoff”, en: Los poderes de la imagen (textes réunis par Jacqueline Covo), Lille: Université Charles-de-Gaulle Lille 3, 1998) y “Transgresión y deconstrucción de la imagen del extranjero civilizador en la ficción argentina (1880-1910)” (Angers, Discursos transgresivos en Europa y América Latina, 1999).
Notes
[1] SULEIMAN, Le roman à thèse ou l’autorité fictive, 1983, p. 14.
[2] « La novela de tesis -dice SULEIMAN- presenta una axiología clara, un sistema de valores sin fisuras que no deja ninguna duda acerca de cuál es el buen camino y cuál el malo ». Le roman à thèse simplifie la réalité, en effaçant les divergences au sein des bons et assimilant tous les méchants entre eux: “la structure actantielle [...] “binarise” le réel, réduisant ses complexités à des simples dichotomies. [...] On est bel et bien dans un univers mythique” (Ibid., p.145-146).
[3] “Reconnaissons simplement que le projet de la fable, comme de tout récit exemplaire, est un projet utopique: infléchir les actions des hommes (et des femmes) en leur racontant des histoires.” (Ibid., p. 69). « Una obra de tesis -agrega SULEIMAN- pertenece, en verdad, a un género retórico en sentido literal (retórica: arte de la persuasión), pero en la literatura de tesis, a diferencia de un discurso en el cual se exponen en forma ordenada los argumentos que apuntan a convencer al destinatario, se cuenta una historia ».
[4] Esta descripción es válida sólo en líneas generales, pero no debe olvidarse que hablar simplemente de tesis a favor o en contra del extranjero supone reducir la complejidad de la realidad de los textos y de la opinión común. En la Argentina de hace un siglo existieron importantes diferencias -o discriminaciones- entre extranjeros de diferente origen (la imagen de un francés o un inglés fue en general mucho más positiva que la de un gallego o un napolitano) y las tesis xenófobas o xenófilas se articularon a menudo con doctrinas que, desde el punto de vista ideológico, planteaban innumerables matices.
[5] Además de El casamiento de Laucha de Roberto Payro (1906), podemos citar Cuentos de Fray Mocho de 1906, los relatos de Violines y toneles y los Cuentos de Pago chico, ambos de Roberto Payro, ambos de 1908.
[6] Suleiman reconoce que la definición del realismo plantea problemas, pero su objetivo no es resolver una cuestión teórica y filosófica infinitamente compleja, sino construir una descripción aceptable de los géneros de tesis (en particular de la novela de tesis), por lo cual para enfrentar la cuestión del realismo parte de una definición voluntariamente aproximativa: “... le roman tel qu’il nous a été legué par le XIXe siècle: fondé sur une esthétique du vraisemblable et de la représentation, il met en scène et suit le destin de personnages fictifs comme réels, qui évoluent dans un monde qui correspond, au moins virtuellement, au monde de l’expérience quotidienne du lecteur” (Suleiman, 1983 :. 21).
[7] Gerard Genette elabora una primera tipología de las relaciones entre textos en la introducción a su Palimsestes, cuando define como objeto de la poética la transtextualidad (“trascendance textuelle du texte, [...] tout ce qui met [le texte] en relation, manifeste ou secrète, avec d’autres textes”) y distingue, como formas de la misma, 1) la intertextualidad, 2) la paratextualidad, 3) la metatextualidad, 4) la hipertextualidad y 5) la arquitextualidad (Genette, 1982 : 7-13).
[8] En En la sangre, Genaro hace referencia a lo genérico, lo que se lleva “en la sangre”; su apellido, Piazza, hace pensar en la “plaza”, el “lugar” que Genaro aspira a ocupar, cueste lo que cueste, y, en el polo opuesto desde el punto de vista de la escala de valores implícita en el texto, Máxima connota la posición social y moral de la esposa del protagonista, bello retoño de la oligarquía criolla. Crescencia Barbado y Angustias forman parte de la familia española cuya vida cuenta Promisión de Carlos María Ocantos: Crescencia es una inmigrante que trabaja y triunfa, mientras que su tía Angustias se pasa la vida quejándose y se muestra absolutamente incapaz de sacar partido de las posibilidades que Argentina brinda. Marco Severi es el protagonista de la obra homónima de Roberto Payro, severo por la inflexibilidad de sus valores morales, que demuestra cuando se entrega a la policía aunque sabe que su arresto constituye una terrible injusticia. Si pelagatos es en español un “hombre insignificante o mediocre, sin posición social o económica.”, el apellido Pelagatti se adapta perfectamente a uno de los personajes de Los disfrazados de Carlos Pacheco.
[9] Sobre los nombres propios y las imágenes en la construcción de la imagen del extranjero entre 1880 y 1910, cf. María Graciela Villanueva, 1999.
[10] Ocantos, Promisión, p. 28, 34 y 174 y Sicardi, Libro extraño, volumen I, p. 297.
[11] Ocantos, Promisión, p. 181.
[12] Argerich, ¿Inocentes o culpables?, p. 13 y 22.
[13] Cambaceres, En la sangre, p. 90 y 153.
[14] Argerich, ¿Inocentes o culpables?, p. 136.
[15] Martel, La Bolsa, p. 149.
[16] Por una mera cuestión de verosimilitud, el acento extranjero del inmigrante es más frecuente en el teatro que en la narrativa, ya que la narrativa, incluso cuando retranscribe el discurso directo de un extranjero, tiene la posibilidad, en virtud de una convención literaria tácita y universal, de renunciar a la transcripción de todo acento particular y de hacer hablar a todos los personajes -nativos o extranjeros- en la lengua en la que el texto está escrito, es decir, en este caso, hacerlos hablar en un español neutro o, en todo caso, en un español “argentino” (que es lo que sucede en el corpus de texto que hemos estudiado, en un 80% de los casos).
[17] La creencia de que el “tú” siempre había sido la norma en la Argentina y que el retorno del voseo fue producto del advenimiento de Rosas (tesis que Arturo Capdevila sostuvo en 1926 como científicamente probada) fue moneda corriente hasta 1968, momento en que quedó demostrado que tal afirmación era pura invención de Capdevila. En un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires en diciembre de 1926, Capdevila define al voseo en términos de “verdadera mancha del lenguaje argentino” y de “ignominiosa fealdad”. En un artículo de 1944 (de su obra Castilla, la tradición, el idioma), Ramón Menéndez Pidal habla del “degradado y degradante voseo”. Diferencia, tacha o mancha que el porteño lleva en esa segunda sangre que es la lengua, el “vos” fue lo que la escuela y la literatura siempre se empeñaron en ocultar. Muchos años habrían de pasar para que la literatura primero, y el sistema escolar mucho más tarde, llegaran a asumir el “vos”, hecho que revela la dimensión social y hasta política de la cuestión. Cf. Marcelo Sztrum, 1993: 261 y 269.
[18] En el teatro la cuestión del voseo se plantea en términos absolutamente distintos, ya que -en tanto se trata de lengua hablada y de teatro realista- la exigencia de verosimilitud impone el voseo como única posibilidad. En la narrativa breve de Fray Mocho o Payró, ideológicamente progresista y, por otra parte, cercana al cuadro de costumbres, el voseo no tiene ningún matiz desvalorizador, sino que es simplemente reflejo de la lengua que efectivamente se habla. Sobre el voseo en la obra de Cambaceres cf. Villanueva, 1996-1997 :. 487-497.
[19] Sobre este aspecto de la obra de Gerchunoff, cf. Villanueva, 1998: 297-306.