
El País . CULTURA . Miércoles, 23/1/2008
ALBERTO MANGUEL
El judío errante
ALBERTO MANGUEL 17/02/2007
Durante el penoso recorrido de
Durante las épocas siguientes, el anónimo judío adquiere varios nombres: algunos misteriosos, como Cartafilo y Ashevero, otros explícitos, como Buttadeus y Juan Espera en Dios. Baltasar Gracián, con más precisión que oído, lo llama Juan de Para Siempre. Para afirmar la veracidad de la leyenda, a partir del siglo XIII empiezan a comparecer testigos: un cronista boloñés que afirma, en 1223, que el Emperador Federico II oyó por boca de unos peregrinos que en Armenia había un judío condenado por Nuestro Señor a ser un viajero eterno; el historiador inglés Roger de Wendover, en una crónica de 1228, asegura que este judío, entrevistado por el Arzobispo de Armenia, confesó haber sido en tiempos remotos servidor de Poncio Pilatos; unas décadas más tarde, Matthew Paris, en su Crónica mayor, relata la misma historia pero agrega que el judío estaba ahora arrepentido y que confiaba en la misericordia divina. El 9 de junio de 1564, el anónimo autor de
Más adelante, su historia fue recogida, con variaciones, por docenas de escritores entre los cuales se cuentan Eugène Sué, Albert Londres, Pär Lagerkvist, Mark Twain y Jorge Luis Borges, quien asoció la inmortalidad del Judío con la de Homero. James Joyce le dio el nombre de Leopold Bloom y lo obligó a errar por la ciudad de Dublín durante un único día que se le hace eterno; el dúo Fruttero y Lucentini lo concibió como un hombre de edad mediana, sin domicilio fijo, que trabaja de guía turístico en Venecia, ciudad inmortal por excelencia.
Admitido el obvio antisemitismo de la leyenda, la noción de que viajar sea un castigo es curiosa, aunque otras historias también lo conciben así: la del Holandés Volante, por ejemplo, condena a su agónico capitán a no poder atracar nunca. Robert Louis Stevenson, que no conoció la locura de los aeropuertos y de las oficinas de migración de hoy, afirmó que "es el viaje, no la llegada, lo que importa", y no hubiese admitido que peregrinaciones como las del Holandés o el Judío eran entendidas como represalias. Recorrer el mundo, ver paisajes distintos, descubrir costumbres extranjeras, han sido actividades que, además de poseer el encanto de lo aventurero, han sido siempre recomendadas como la mejor educación posible, tanto para los frecuentadores de albergues estudiantiles como para los devotos del Club Mediterranée y de los programas de acumulación de millaje.
1 comentarios:
Cien años de soledad.. terminar de leerlo ... preguntarse qué más puedo leer,... dónde encontrar algo de tanta estética,... como repetir este estado de ánimo.
Agradecido a mis alfabetizadores. Pude leer cien años de soledad
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